La ejecución publica de una sociedad.

La demolición de las cuatro torres de refrigeración fue, sin duda, la noticia del mes de julio en As Pontes. Cientos de personas llegadas de toda la comarca acudieron a presenciar en el entorno próximo un espectáculo irrepetible. Cientos más lo siguieron desde la distancia. Para todos fue un acontecimiento histórico; para mí, además, el ajusticiamiento público de una sociedad y de una historia.

Quise estar allí. No como quien asiste a una fiesta, sino como quien acompaña a un duelo. Me dirigí a la Casa de la Energía, donde se encontraban los compañeros de la Plataforma para la Defensa del Patrimonio Industrial de As Pontes, llevando una bandera del municipio como único símbolo. Permanecimos en silencio durante varios minutos. Después, apenas unos segundos bastaron para que todo desapareciera. Tristeza convertida en espectáculo. Como tantas ejecuciones públicas de la historia, preparadas durante años y consumadas en un instante. No hubo ni gritos ni aplausos solo una nube de polvo tras el estruendo seco.

Al día siguiente subí a Os Airios para dejar en un breve vídeo mi visión de aquella desgracia. Sorprendentemente para mi lo visualizaron más de setenta mil personas en apenas dos días. Me di cuenta de que nuestra terrible realidad interesaba mucho más de lo que algunos pretenden hacer creer. También recibí cientos de comentarios sin argumentos de ningún género, pero cargados de resentimiento, insultos y descalificaciones, una prueba más de que las redes sociales han dado cobertura a quienes solo necesitan un mínimo de impunidad para comportarse de manera salvaje.

Lo verdaderamente escandaloso de la destrucción de las torres de refrigeración fue que ni la Xunta ni el Ayuntamiento consideraron oportuno consultar a la población o estudiar seriamente la posibilidad de conservar alguna de aquellas enormes infraestructuras. Ni un informe público, ni un debate, ni un intento de buscar alternativas. Simplemente se decidió destruir. A alguno esa tremenda responsabilidad lo acompañará, estoy seguro, toda su vida.

 

El vigía de Forcarei.

Dos días después el 1 de agosto llegó a mis manos un artículo publicado en La Voz de Galicia por José Luis Barreiro Rivas bajo el título Lo tenía que decir y lo digo. Y, efectivamente, había cosas que decir… aunque quizá no las que él escribió. Le preocupaba el tema.

Tras un comienzo dedicado a ensalzar su Forcarei natal, Barreiro recurre a una comparación tan grandilocuente como absurda: enfrenta la chimenea de As Pontes con la Victoria de Samotracia, la Dama de Elche, el Partenón, Versalles o El Escorial. La conclusión, naturalmente, es que nuestra chimenea no puede competir en belleza con esos monumentos. Lo sospechábamos.

Pero esa comparación no solo fue y es simplista; sino intelectualmente deshonesta. Nadie pretende colocar la chimenea de As Pontes al nivel artístico del Partenón. Lo que se reivindica aquí es su valor histórico, tecnológico, industrial, identitario y sentimental. El patrimonio industrial no se conserva porque sea bello según los cánones clásicos, sino porque explica quiénes fuimos y cómo construimos nuestra sociedad.

Barreiro, que todo eso lo sabe, despacha además décadas de historia recordando únicamente el CO₂ que emitió la central, como si esa fuera toda la historia. Olvida deliberadamente que aquella instalación garantizó durante décadas el suministro eléctrico de España y generó una riqueza extraordinaria para toda la comarca. Resulta curioso que invoque el «progreso científico» para justificar el desmantelamiento cuando el debate energético actual demuestra precisamente la enorme complejidad del problema y la vuelta al primer plano de cuestiones que muchos daban por cerradas como es la producción energética con base en el carbón que crece cada año en el mundo. También lo sabe el señor Barreiro.

Su razonamiento recuerda demasiado al de quienes en su día defendían derribar la Torre Eiffel porque afeara París o eliminar las murallas de Lugo porque habían perdido su función defensiva y su piedra podría servir para la red ferroviaria en construcción. La historia terminó poniendo a cada uno en su sitio. Para Barreiro sobran porque ya no tienen función el Acueducto de Segovia, las Pirámides de Egipto o las ciudades turcas enterradas de Kaymakli y Derinkuyu. Hasta en Forcarei saben que esto no es así.

Define la imagen de la chimenea como «horrenda» y expresa el deseo de que una generación «menos acomplejada» eche mano de la dinamita para acabar con semejante «paletada». Es una frase reveladora. No habla de patrimonio. No habla de historia. Habla con desprecio de aquello con lo que miles de personas identifican su vida, su trabajo y la memoria de sus familias. De lo que es un testimonio irrepetible de nuestra actividad industrial.

Mientras tanto, chimeneas similares se conservan en numerosos lugares de Europa. En Porto Tolle, en Italia, una infraestructura semejante en un pueblo de similar tamaño forma parte del patrimonio industrial protegido. Existen decenas de ejemplos de reutilización de instalaciones fabriles convertidas en espacios culturales, turísticos o educativos. Allí entienden que destruir la memoria nunca es progreso. Decenas de instituciones científicas, universidades y catedráticos dicen lo mismo y defienden también la preservación en As Pontes. Pero para Barreiro hay paletos en todas partes. Incluso posiblemente en Forcarei.

No obstante, hasta aquí estaríamos hablando simplemente de una discrepancia legítima. Cualquiera tiene derecho a pensar -acertada o equivocadamente-que la chimenea ,las torres y el Parque de Carbones debieran desaparecer. Pero existe un hecho que Barreiro pasa por alto: en septiembre de 2024 más de 2.600 vecinos de As Pontes firmaron una petición reclamando su conservación. Puede ignorarse esa opinión; lo que no puede hacerse es despreciarla.

Por eso, mi discrepancia con José Luis Barreiro Rivas va más allá.

Muchos gallegos lo conocimos políticamente en 1986, cuando siendo vicepresidente de la Xunta por Alianza Popular abandonó el partido —aunque conservó su escaño— facilitando la llegada del socialista Fernando González Laxe a la presidencia. Aquella decisión políticamente deshonesta lo marcó para siempre y deterioró gravemente para la mayoría su credibilidad ante la opinión pública. No es el mejor de los antecedentes.

Años después, durante mi etapa en el Ayuntamiento con el gobierno de Amigos de As Pontes, volví a saber de él cuando vivimos conflictos muy duros con Endesa. Recuerdo perfectamente cómo La Voz de Galicia mantenía una línea editorial que favorecía sistemáticamente a la empresa. También recuerdo que Barreiro colaboraba con INCIS, una consultora de comunicación vinculada a Santiago de Compostela, que los propios redactores del periódico me indicaban era la contratada por Endesa por un importe entonces de varios millones de pesetas anuales para defender sus intereses y combatir los vecinos de la villa. Como hoy.

Mi impresión sobre aquel hombre fue a partir de entonces muy negativa pues no vi en él una actitud honesta ni un ejercicio independiente del periodismo sino la de un sicario a sueldo de cualquiera y contra cualquiera. En este caso contra el pueblo de As Pontes.

Por eso, cuando vuelvo a leer ahora un artículo que coincide de manera tan clara con los intereses de Endesa y contra los de As Pontes, no veo únicamente una legítima opinión personal. Veo la continuidad de una forma de actuar que, en mi opinión y desde el pleno conocimiento de la realidad, ha caracterizado al personaje durante décadas.

Barreiro concluye diciendo: «Soy viejo y de Forcarei. Lo tenía que decir y ya lo dije».

Y yo le digo al señor Barreiro que efectivamente es viejo y de Forcarei, pero también que sigue siendo igual de deshonesto.

Tenía que decirlo y ya lo dije.