Xosé Manuel Casabella López.

ARQUITECTO. VOCAL TITULAR DE LA REAL ACADEMIA GALEGA DE ARTES

 

El patrimonio industrial está constituido por los vestigios materiales de la cultura industrial que poseen un reconocido valor histórico, tecnológico, arquitectónico, científico o social.

 Este patrimonio constituye uno de los testimonios más elocuentes de la transformación económica, tecnológica y social que ha configurado el mundo contemporáneo. Su conservación no responde únicamente a una voluntad de preservar edificios u objetos singulares, sino al compromiso de mantener viva la memoria de una sociedad, de sus formas de producción y de la cultura del trabajo que durante generaciones modeló el territorio y el paisaje.

La conservación del patrimonio industrial no debe entenderse como un ejercicio de nostalgia, sino como una responsabilidad cultural hacia las generaciones futuras. La experiencia internacional demuestra que la mejor manera de proteger este legado consiste en integrarlo en la vida contemporánea mediante la conservación de sus funciones originales cuando ello resulta posible o, en su defecto, mediante su adaptación a nuevos usos compatibles con su significado histórico. Numerosos edificios industriales han encontrado una nueva vida como museos, bibliotecas, centros culturales, espacios universitarios o equipamientos públicos.

Resulta especialmente dolorosa la reciente demolición de las torres de refrigeración de la central térmica de As Pontes. Su desaparición supone la pérdida definitiva del último conjunto de estas características existente en Galicia y constituye un episodio difícil de comprender desde la perspectiva de la conservación del patrimonio. Hace relativamente pocos años desaparecieron también las monumentales chimeneas de las centrales térmicas de As Encrobas y de Arteixo, la estación de descarga de carbón y los depósitos de petróleo del puerto de A Coruña. Próximamente desaparecerán previsiblemente la mayor parte de las instalaciones de la central de As Pontes, incluido su monumental parque de carbones, conservándose únicamente la gran chimenea, convertida ya en un vestigio aislado de un conjunto industrial mucho más amplio.

No encuentro motivos para celebrar estas demoliciones. Con cada una de ellas Galicia pierde una parte irrecuperable de su memoria industrial. Lo destruido nunca podrá reconstruirse con autenticidad. En su lugar quedarán, en el mejor de los casos, grandes superficies vacías pendientes de nuevos desarrollos urbanísticos cuyo destino todavía desconocemos.

Diversas instituciones, entre ellas la Real Academia Galega de Belas Artes y la Fundación Ría, solicitaron una moratoria que permitiera estudiar con serenidad las posibilidades de conservación y reutilización de las torres de evaporación como parte de un gran parque de patrimonio industrial. También una asociación ciudadana de As Pontes promovió una ejemplar campaña de sensibilización en defensa de estas estructuras. Sin embargo, aquellas iniciativas apenas encontraron respuesta por parte de las administraciones responsables. Resulta difícil comprender las razones que justificaron la demolición de cuatro monumentales construcciones de casi cien metros de altura cuya envolvente de hormigón había sido objeto de una reciente rehabilitación. Su extraordinaria escala, su singularidad estructural y su presencia dominante en el paisaje las habían convertido en uno de los hitos visuales más representativos de la Galicia industrial de la segunda mitad del siglo XX.

Quizá algunos consideren excesivamente romántica la defensa de estas arquitecturas. Sin embargo, quienes creemos en la importancia del patrimonio sabemos que los edificios industriales poseen el mismo valor cultural que cualquier otra manifestación de la arquitectura histórica. Las torres de As Pontes no eran únicamente instalaciones técnicas; constituían también símbolos del esfuerzo colectivo de toda una época, referencias inseparables del paisaje gallego y testimonios materiales de un proceso de industrialización que transformó profundamente nuestra sociedad.

La conservación de aquellas torres habría permitido transmitir ese legado y abrir la puerta a un gran parque de patrimonio industrial, semejante a los que desde hace décadas existen con enorme éxito en Bélgica, el Reino Unido, Alemania o Francia, donde antiguas instalaciones fabriles se han convertido en espacios de cultura, investigación, turismo y memoria. Con la desaparición de las torres de As Pontes no solo se ha demolido una infraestructura industrial. También se ha borrado una parte de nuestra historia. No siento satisfacción alguna ante este desenlace. Solo una profunda tristeza por comprobar que, todavía hoy, resulta más fácil destruir el patrimonio que comprenderlo, conservarlo y transmitirlo. Una sociedad que renuncia a los testimonios materiales de su propio pasado empobrece inevitablemente su memoria colectiva y debilita su identidad cultural.

 

LA VOZ DE GALICIA