La historia de Endesa en As Pontes es la historia de un poder que nunca se marchó del todo. Y la noticia publicada hoy en La Voz de Galicia es prueba de ello: según la eléctrica, una empresa —de nombre desconocido, por supuesto— está interesada en instalarse en el solar donde se alza la Chimenea de la central térmica. Pero solo si esta desaparece. La recompensa, aseguran, serían 180 puestos de trabajo. El chantaje emocional vuelve a escena, disfrazado esta vez de “oportunidad de futuro”. Lo siento, pero no cuela. Esto no es una propuesta industrial. Es una burla. Un insulto a la inteligencia colectiva de As Pontes.

No hablo desde la distancia. Mi experiencia política en el municipio siempre estuvo marcada por la presencia asfixiante de Endesa. Conozco de cerca sus presiones. Las sufrí en lo personal y lo político. Aún recuerdo cuando, en mis salidas a correr, algunas mujeres saliendo de misa me increpaban: “¡Aquilino, non nos peches Endesa!”. Era mi intento por cobrarle a la empresa lo que todos los demás vecinos pagaban lo que había encendido esa histeria inducida por titulares alarmistas como el de aquel día en La Voz de Galicia, que vinculaban mis acciones con el supuesto cierre de la térmica.

Hasta los sindicatos, hoy resignados ante el cierre real, me pedían entonces que no le exigiera a Endesa el pago justo de sus tributos. La famosa “transición justa” ha terminado siendo un eslogan vacío, una coartada para aceptar lo inaceptable.

En los años ochenta, As Pontes era un municipio bananero, como aquellos estados latinoamericanos colonizados por la United Fruit Company. A partir de 1995, Endesa volvió a tomar el control por vía indirecta: a través de sus asalariados instalados en el poder municipal. Hoy, aunque ya no medie vínculo laboral directo, el respeto casi reverencial hacia la compañía persiste. Se consulta todo con ellos. Se concierta todo con ellos. Un ejemplo: la licencia exprés para demoler la central, concedida sin debate público, sin negociación, sin exigir antes garantías ni alternativas. Un cheque en blanco firmado por el propio Concello.

Y ahora, como si no bastara con el vaciamiento progresivo del tejido industrial, nos venden un nuevo argumento disfrazado de urgencia: si no tiramos la Chimenea, perderemos 180 empleos. ¿Quién lo dice? ¿Qué empresa es? ¿Dónde está el proyecto? Silencio.

Lo cierto es que Endesa dispone aún de más de 200.000 metros cuadrados en la zona de Enfersa, clasificados como suelo industrial y con todos los servicios. En Penapurreira hay otro millón de metros cuadrados inutilizados. Pero, curiosamente, el único lugar que sirve para atraer inversiones es el solar de la Chimenea. ¿De verdad esperan que traguemos esto?
La propuesta no solo es ofensiva. Es absurda. Y deshonesta. Plantearla como si no existieran otras alternativas urbanísticas o industriales insulta el sentido común de cualquier vecino. ¿Creen que en As Pontes ya no queda nadie capaz de pensar críticamente? ¿Que el pueblo entero se ha vuelto un rebaño dispuesto a creer cualquier cifra mágica que se lance al aire?
Si quieren manipular con datos inventados, al menos esfuércense un poco más. Yo, durante la pandemia, pasé de tener dos gallinas a veinte, y con ese “cero de más” en la factura me movía con autoridad entre controles policiales. Quizás, si seguimos ese mismo criterio, podríamos no hablar de 180, sino de 1.800 puestos de trabajo. O de 18.000. Total, ya puestos a inventar…

Este no es un debate sobre empleo. Es un ejercicio de propaganda sin pudor. Un intento más de Endesa por condicionar el futuro de un pueblo al que ya exprimió durante décadas. Pero As Pontes no está vacía de conciencia.
Y mucho menos de memoria.