En As Pontes hay noticias que parecen chistes, pero no: van firmadas, publicadas y, por lo visto, bendecidas.

La Capilla, cafetería levantada en 2006 y perfectamente integrada en la vida del pueblo, llevaba años haciendo lo que hacen todas las cafeterías del mundo: sacar unas mesas a la plaza para que la gente charle, tome café y, en definitiva, haga vida. Nada revolucionario, salvo que uno considere subversivo o irreverente sentarse en una silla al aire libre.

El nuevo arrendatario, recién llegado, pero no precisamente temerario, decidió hacer las cosas por el libro: solicitud al ayuntamiento en diciembre de 2025, contratación de dos camareras y disposición a reactivar la temporada de primavera-verano. Lo normal. Lo lógico. Lo que lleva pasando toda la vida.

Pero en esta ocasión había un factor novedoso, casi celestial: nuevo párroco en la parroquia. El mismo que deleita a los vecinos de la plaza del Carmen y bares cercanos con los sermones impartidos los domingos por altavoces. Pero al parecer, a este señor, las mesas le ofenden. No toda la plaza, claro —más de cinco mil metros cuadrados—, sino esos escasos cincuenta donde la gente se sienta. Debe de ser que el problema no es el espacio, sino la gente ocupándolo.

El hostelero recibió un WhatsApp. Nada de sermón dominical: aviso directo “tendré que tomar medidas”. Poco después, la prensa hablaba de una denuncia presentada por “los vecinos”. Un concepto curioso, porque nadie en la zona parece saber quiénes son esos misteriosos vecinos invisibles que denuncian, pero no existen.

Y aquí llega lo verdaderamente pintoresco. El párroco denunciante, tan celoso del orden urbano y del mobiliario ajeno, parece no aplicarse una conocida máxima del Evangelio de San Juan: “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Porque no es sólo que tenga huevos —que los tiene—, es que además los produce.

Sí, produce huevos. En un gallinero con varias docenas de gallinas, en pleno casco viejo de As Pontes, a quince metros de la iglesia de Santa María. Todo muy bucólico, si no fuera porque de autorizaciones no se sabe nada: ni licencia municipal, ni permisos de la Consellería de Agricultura para producción o venta de huevos, ni autorizaciones de Aguas de Galicia, ni informe patrimonial de Cultura. Un pequeño detalle administrativo, sin duda.

Así que la escena es perfecta: un cura que se escandaliza por unas mesas perfectamente legales mientras mantiene, con toda tranquilidad, una actividad que parece saltarse unas cuantas normas básicas. La coherencia, por lo visto, no cotiza alto en esta parroquia.

Lo dicho: en As Pontes no solo hay fe. También hay un cura con huevos.

Y muchos.