El cura párroco Juan Pablo Alonso Rolle, convertido en los últimos tiempos en un desafortunado protagonista de la vida local, parece acumular cada día más frentes abiertos con la mayoría del vecindario. Una nueva autorización concedida al amparo de la Ley 12/2012, de 26 de diciembre, ha permitido la instalación de más mesas y sillas en las inmediaciones de la Capilla del Carmen.

En esta ocasión, el mobiliario pertenece al restaurante O Rincón, situado también en las proximidades del templo. A estas nuevas ocupaciones del espacio se sumarán previsiblemente en breve espacio de tiempo mamparas similares a las ya instaladas por el titular de la cafetería La Capilla, consolidando una actuación que, además de haberse producido siempre en la zona, para la mayoría de los vecinos es completamente beneficiosa y legítima.

Lejos de buscar soluciones dialogadas o fórmulas de entendimiento, la postura mantenida por el párroco se caracteriza por una rigidez, unas amenazas y unos desplantes que con un claro afán de protagonismo no han hecho sino agravar el conflicto. Su negativa a atender las crecientes críticas y preocupaciones vecinales ha contribuido a alimentar una tensión que, con el paso del tiempo, se ha ido extendiendo por buena parte de la población poniéndose en evidencia actuaciones del sacerdote en otros ámbitos como el financiero-inmobiliario de presunta dudosa legalidad e incluso otros ajenos al civismo más elemental que ha llevado a una recogida de más de cuatrocientas firmas pidiendo su sustitución.

Igualmente, preocupante resulta la actitud del Ayuntamiento. Su manifiesta incapacidad para gestionar el problema y su prolongada inacción —que algunos vecinos interpretan ya como una forma de respaldo inicial al párroco hoy desbordado por la realidad social— han permitido que una controversia inicialmente menor haya derivado en un enfrentamiento cada vez más enconado. Sorber y soplar nunca fue fácil ni para Valentín.

Lo que podría haberse resuelto mediante el diálogo, la mediación y el ejercicio responsable de las competencias municipales frente a un sacerdote poco responsable y muy vanidoso se ha transformado en un conflicto innecesario que   deteriora la convivencia y amenaza en el normal desarrollo de sus funciones al propio párroco.

Un capítulo más.