Pocas noticias han sacudido tanto la conversación pública local como la presunta –y posteriormente desmentida– oferta del alcalde Valentín González Formoso al Gobierno central para acoger inmigrantes en el Hostal Fornos. La propuesta, presentada bajo el paraguas de los “valores y la humanidad”, ha dejado tras de sí más preguntas que certezas… y una clara sensación de desconexión entre el regidor y el sentir de buena parte de sus vecinos.

Porque, aunque el desmentido llegó rápido, en As Pontes pocos dudan de que la oferta existió. Y es que cada vez son más quienes perciben que Valentín, más que representante del municipio, actúa como un engranaje más del PSOE. Un político de partido antes que un alcalde de pueblo. Y cuando la ola de malestar empezó a tomar forma en la calle, optó por recular.

Pero sería un error simplificar lo ocurrido bajo etiquetas fáciles. En As Pontes no hay un rechazo al inmigrante como tal. Lo que sí existe es una preocupación legítima por un modelo migratorio que muchos consideran fallido: la llegada masiva, desordenada y sin proyecto claro para quienes llegan. Grupos de personas sin ocupación, sin horizonte definido y, en demasiados casos, sin voluntad de integración real.

El pueblo no rechaza al inmigrante que trabaja, que suma, que se convierte en parte del tejido social. Existen numerosos ejemplos de ello en la comarca. El problema aparece cuando los recursos públicos se destinan a mantener situaciones de dependencia crónica, mientras se agrava una fractura cultural creciente. Las preguntas son cada vez más comunes: ¿Quién conoce a esos grupos de musulmanes que deambulan o cada tarde se sientan en el Campo de la Feria? ¿Dónde están los lazos con la comunidad? ¿Qué se espera de esta convivencia?

Nadie pondría objeciones a acoger a niños de Gaza o a familias que huyen del horror con voluntad de reconstruir sus vidas. ¿Pero que tienen de niños los que desembarcan en Canarias y se pretende repartir por la península? La solidaridad no está en discusión. Lo que sí lo está es la falta de transparencia, el doble discurso y una política migratoria improvisada que siembra más incertidumbres que soluciones.

Y en este caso, como en otros muchos, Valentín no actuó como un gestor sensible, sino como lo que es cada vez más evidente:
sólo un político.