El parque de carbones de As Pontes ya es historia. La chimenea se llevaba todas las miradas, pero esta estructura era tan espectacular o más: un espacio diáfano en el que cabían dos estadios como el Santiago Bernabéu —o tres Riazor—, el segundo más grande del mundo tras el hangar de Airbus en Toulouse (Francia). Una estructura formada por arcos poligonales de sección circular pretensados y con un peso de 240 toneladas, de los cuales se suspendía la cubierta, bajo la cual se podían resguardar de la lluvia 400.000 toneladas de lignito. Las cifras son impresionantes: 96.000 metros cuadrados de superficie, 160 metros de luz y 592 de largo. Los arcos se armaron apoyándolos en castilletes metálicos con la ayuda de potentes grúas móviles, y se izaron mediante pórticos dotados de un sistema oleo-hidráulico. La obra, proyectada por Iberinsa y ejecutada por Entrecanales y Távora, fue compleja: los cimientos ofrecieron dificultad por encontrarse en un terreno poco uniforme. Se aplicó un riguroso plan de control de calidad, con ensayos a escala reducida en túnel de viento, radiografías, ultrasonidos… Por eso seguía todavía en pie, mientras que viaductos construidos veinte años más tarde se caen como castillos de naipes o vigas soldadas anteayer se parten al paso de los trenes de alta velocidad.
No soy ingeniero y desconozco el coste que tendría mantener esta instalación, que es auténtico high tech, alta tecnología. En un país que no es capaz de reparar los baches de sus carreteras es lícito dudar de la capacidad de gestionar un espacio así. Pero el precio de derribarlo es muchísimo más caro: la desaparición de nuestro pasado industrial, la memoria de una comarca, un país y varias generaciones de trabajadores que situaron a Galicia en vanguardia. Es como desmantelar las gradas de Astano, donde en los años 70 se botaron los mayores superpetroleros del mundo.
En la cuenca del Ruhr (Alemania) se creó una ruta con veintisiete lugares históricos con especial significado: minas, subestaciones eléctricas, gasómetros… Se convirtieron en museos, parques, pistas de patinaje, o se mantuvieron en pie como monumentos vivientes y espacios versátiles para eventos, con un impresionante telón de fondo industrial de acero oxidado. Aquí condenamos nuestra historia al olvido.
LA VOZ DE GALICIA
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