El silencio, denso y sepulcral, se ha apoderado finalmente de lo que un día fue el corazón palpitante de As Pontes. Lo que durante décadas se erigió como el símbolo de la soberanía industrial y el sustento de miles de familias, hoy no es más que una cicatriz abierta en la tierra. El desmantelamiento definitivo del parque de carbones no es solo una maniobra técnica; es el acta de defunción de una identidad que se extingue sin retorno.

Una joya arquitectónica condenada al olvido

​Resulta desgarrador contemplar cómo la desidia y la falta de visión han sellado el destino de una estructura sin igual. Hablamos de la segunda superficie diáfana más grande del mundo, una catedral de ingeniería civil que desafiaba los límites de lo posible. Donde otros países habrían visto un lienzo para la innovación, la cultura o la nueva industria, aquí solo se ha visto estorbo.

​Es una lástima que clama al cielo: una mole capaz de albergar sueños y proyectos de escala global reducida a escombros por la incapacidad de imaginar un futuro que no pase por la destrucción.

La alfombra roja de la rendición

​La tragedia se vuelve amarga al observar la pasividad, casi cómplice, de las instituciones. Imposible no pensar en el gobierno central como ideólogo y brazo ejecutor pero la gran decepción llega a nivel autonómico y sobre todo a nivel municipal, el silencio de los despachos ha sido el viento que ha empujado las demoledoras. En lugar de luchar por la preservación de este patrimonio industrial único, los responsables políticos han preferido tender la alfombra roja a Endesa, facilitando un borrón y cuenta nueva que favorece los balances de la eléctrica pero empobrece el alma de la comarca. La agilidad excepcional con la que el ayuntamiento de As Pontes concedió la licencia de demolición a Endesa nos lo dice todo.

​»Se ha entregado la llave de nuestra historia a cambio de un solar vacío.»

​La falta de coraje para exigir la reutilización de la estructura deja a As Pontes huérfana de su símbolo más imponente. Los mismos que debían velar por el legado y el futuro de la zona han asistido, con los brazos cruzados, al espectáculo de su demolición, priorizando la salida rápida de la multinacional antes que la permanencia de un hito arquitectónico mundial.

El ocaso de un coloso

​Donde antes tronaba el rugido de la maquinaria, ahora solo queda el eco de un pasado que se desvanece bajo el peso del hierro viejo. As Pontes contempla hoy, con los ojos empañados, cómo sus cimientos son arrancados. Se apaga la llama y queda, en el aire, la melancolía de un pueblo que se siente traicionado por quienes, pudiendo salvar su grandeza, prefirieron firmar su sentencia de muerte.

​Es el adiós definitivo a esta singular estructura, el último suspiro de un gigante que no solo ha sido derrotado por el tiempo, sino por la desesperante falta de voluntad política.