Recuerdos de la infancia.
Hay recuerdos de la infancia que permanecen en mi intactos, inmunes al paso del tiempo. Son recuerdos que, vistos desde fuera, podrían parecer insignificantes, pero que acaban convirtiéndose en los cimientos silenciosos de una vida. Creo que nos ocurre a todos.
Entre ellos ocupan un lugar especial aquellas caminatas de más de siete kilómetros que hacía con mi padre hasta Laurentín y o el Almigonde, los “lugares” de mis abuelos.
Salíamos siempre en verano, cuando la mañana todavía conservaba el frescor de la noche. Eran las ocho, más o menos. Caminábamos hacia La Casilla y, desde allí, al Puente de la Piedra para tomar el desvío de Saa. El camino era largo para un niño, aunque entonces las distancias se medían de otra manera. El tiempo no tenía prisa y los caminos pertenecían tanto a quienes los recorrían como a quienes vivían o laboraban a su alrededor.
Nunca faltaban los encuentros. Unos llegaban en bicicleta, otros a pie caminando despacio. Otros labraban las fincas. Lo extraño era cruzarse con alguien y limitarse a un simple «buenos días». Lo normal era detenerse unos minutos para preguntar por la familia, por las cosechas, por la salud o por el tiempo, que era, al fin y al cabo, quien gobernaba la vida de todos. Como hoy la política.
Yo esperaba aquellas conversaciones con una mezcla de impaciencia y alivio, porque mientras los mayores hablaban podía descansar unos minutos antes de reanudar la marcha. Mi padre me explicaba que era necesario pasar algún tiempo con todos pues el simple saludo podía ser mal interpretado. Aprendí que aquella era parte de nuestra cultura.
La carretera tenía una imagen distinta de la que hoy conocemos. La Carretera de Castilla estaba asfaltada pero no así la de Cabañas desde el Puente de la Piedra en la que los coches-pocos-que pasaban levantaban una nube de polvo. Había muchos menos árboles, los viejos plátanos de sombra que acompañaban algunos tramos y los abedules y robles que crecían junto al Illade, en el Puente de la Piedra, o al Almigonde, a la altura de Carracedo. Todo lo demás era campo abierto. El maíz, el trigo y el centeno dibujaban el paisaje hasta alcanzar incluso la cima del Pico de Laurentín, donde el viento hacía la ola con el centeno.
Mucho antes de ver las casas aparecían los perros. Desde centenares de metros de distancia reconocían nuestra presencia y corrían a recibirnos ladrando desde los altos taludes del profundo camino de carro que descendía desde la carretera hasta el lugar. Aquellos ladridos al principio eran casi una amenaza, pero luego eran claramente gemidos de celebración: el anuncio de que ya estábamos en casa.
Poco después aparecía mi abuela. Siempre el recuerdo igual: con el pañuelo negro cubriéndole la cabeza, una hoz en la mano y un haz de ramas de acibro recién cortadas para los conejos. Formaba parte del paisaje igual que los castaños o las paredes de piedra. Era imposible imaginar aquella casa sin ella.
Y estaban también los abruños. Pequeños, ásperos de sabor, intensamente dulces cuando maduraban al sol. Comía tantos que las más de las veces terminaba enfermo, sin aprender la lección. Cada verano y con la misma felicidad repetía el exceso. Y el mismo resultado apresurado entre las coles.
Todavía hoy puedo cerrar los ojos y recordar aquellas llegadas. Todo eran fiestas para “O neno”.
Laurentin y las fincas con nombre.
La casa vivía rodeada por una geografía perfectamente ordenada. Junto a ella estaban las huertas, las coles, las patatas, el maíz y los frutales. Más lejos crecían el trigo y el centeno. Después comenzaban los montes, de donde llegaban la madera para construir y la leña para alimentar el fuego durante el invierno.
En un rincón soleado, junto a la aira, descansaban cinco o seis colmenas hechas con troncos huecos cubiertos por gruesas losas de pizarra. Del Pico de Laurentín salían las lajas para las cubiertas y los muros. Del Forgoselo llegaban las piedras de cantería con las que se levantaban dinteles y jambas. Todo cuanto hacía falta para vivir nacía, de una u otra forma, en aquel mismo y cuidado territorio.
El agua descendía rodeando el monte por un pequeño canal hasta el fregadero y los abrevaderos del ganado. La destinada a beber nacía en una fuente cerrada con chantas de piedra junto al arroyo Laurentín, protegida para que ningún animal pudiera contaminarla. Todos los días se iba a renovarla. En la cocina, la sella la mantenía fresca durante todo el día y un viejo cazo de mango largo iba llenando los vasos de cuantos entraban y salían de la casa.
Cada finca tenía un nombre propio. No era una simple parcela; era un lugar con personalidad, con memoria y con historia. Lombo de Arriba, Lombo de Abaixo, Vidueira, Leira Pequena, Fraga Longa, Carballal… Aquellos nombres eran un mapa sentimental que solo comprendían quienes habían nacido allí. Mis abuelos no solo las labraban, amaban sus tierras.
Entonces la riqueza no se medía por el dinero, sino por la tierra.
Supervivencia secular.
Mi madre recordaba con orgullo que durante la Guerra Civil se escuchaba decir en las ferias que en Ferrol y en A Coruña había familias que pasaban hambre, mientras que en O Almigonde nunca había faltado, la leche, el queso, la carne de vaca y de cerdo colgadas en la lareira ni los sacos de trigo, centeno y maíz guardados en el arcón del piso.
No obstante, la tierra aseguraba la vida-que ya era mucho- pero no el progreso.
Quien aspiraba a prosperar debía marcharse. Unos emigraban; otros ingresaban en el Ejército o en la Guardia Civil; muchos acababan trabajando en las minas de Asturias. Cada partida dejaba un vacío. En las casas quedaban las mujeres, los niños y los ancianos sosteniendo un mundo que necesitaba muchas manos para sobrevivir.
Llega el progreso.
A finales de los años setenta todo empezó a cambiar. Galicia comenzó a ofrecer empleo y la emigración dejó de ser el único horizonte posible. Al mismo tiempo, la maquinaria sustituyó buena parte del esfuerzo humano. Nació así una economía mixta que permitió mantener la tierra sin depender exclusivamente de ella y llevó al campo gallego desde la supervivencia hacia una prosperidad desconocida hasta entonces.
Recuerdo todavía las expropiaciones de Endesa y de la autovía en la parroquia de Espiñaredo durante los años ochenta. En Portoferreiro, en Meidelo y en tantos otros lugares ya no existía aquella pobreza que durante siglos había acompañado al campesinado. Las casas reunían varias generaciones, disponían de tractores, automóviles, maquinaria moderna y explotaciones agrícolas perfectamente atendidas mientras algunos miembros de la familia trabajaban fuera. Y dentro.
La agroindustria y el ecologismo
Sin embargo, casi al mismo tiempo comenzaron a arraigar dos ideas que transformaron profundamente la relación histórica de Galicia con su territorio.
La primera fue la concentración parcelaria, concebida como una exigencia económica para llegar a la agroindustria. La segunda, el ecologismo entendido como un imperativo moral.
Ambas respondían a planteamientos racionales, pero también nacían de una forma de mirar el campo muy distinta de la que había modelado Galicia durante siglos.
Nuestra tierra nunca se pareció a las grandes llanuras europeas ni americanas. Su minifundio, su relieve y la organización familiar de la propiedad hacían muy difícil trasladar aquí los modelos de agricultura industrial norteamericana. Del mismo modo, la idea de que el hombre era un enemigo de la naturaleza nacida en Alemania resultaba extraña en una sociedad como la gallega donde el paisaje era precisamente el resultado de siglos de convivencia entre el campesino y el bosque.
Quien mejor había protegido Galicia no había sido la ley, sino quienes vivían de ella.
La sentencia de muerte.
Con el tiempo aquellas ideas venidas de Europa a partir de 1986 cristalizaron en una nueva legislación-la ley del suelo del 2002- que alteró profundamente la relación entre los gallegos y su tierra. Fue la auténtica sentencia de muerte del campo gallego. Muchos propietarios dejaron de sentirse dueños de aquello que habían heredado durante generaciones y el campesinado fue perdiendo el protagonismo económico y cultural que había ejercido durante siglos. El monte humanizado paso a ser una selva y el campesino dueño orgulloso y amante de su tierra un indígena. No lo habían derrotado las guerras, los temporales ni las pestes agrícolas o ganaderas, pero ahora una decisión política ajena a su mundo y experiencia lo hundían en la desesperanza.
Yo pude observar directamente y a través de mi profesión ese declive de la vitalidad del campo y como desde la Xunta de Galicia le quitaban el valor al suelo y la dignidad a sus habitantes. Incluso creando una especie de organismo represor para perseguir y penalizar sus legítimas actuaciones: la APLU.
Sabiduría compartida.
Se atribuye a Cicerón una frase que resume bien esa realidad: «No hay cultura donde no hay agricultura».
Quizá por eso, cuando desaparece el campesino, no solo cambia el paisaje. También se debilita una forma de hablar, de construir, de cocinar, de celebrar, de relacionarse con los vecinos y, en definitiva, de entender el mundo. Galicia sin el modo multisecular de ocupar la tierra-el hábitat disperso-dejará de ser un lugar impostado y culturalmente irreconocible. Lo gallego ya no residirá en nuestro mundo rural donde estuvo siempre sino en la política y los funcionarios -que manosearan la momia de Castelao hasta que se les deshaga entre las manos y no puedan sacarle más dinero-y en un folklore de TVG sin sustento social. La cultura gallega no es el hablar gallego del político en el parlamento y en el pleno municipal o del sindicalista tabernario del BNG sino la sabiduría compartida y vivida por un pueblo. Y eso sin nuestro modo de entender el campo y ocupar la tierra desaparecerá.
Progresar es regresar.
Por eso creo que, en Galicia, progresar significa hoy regresar.
No regresar al pasado por nostalgia, sino recuperar aquello que demostró su utilidad durante siglos y ponerlo al servicio del futuro.
Ese camino exige, en primer lugar, volver al hábitat disperso que recupere la posibilidad de edificar en todos los casos del suelo rural, la misma que tuvo durante siglos. Hacerlo así aumentará nuestra capacidad de generar riqueza y vida, de favorecer la producción alimentaria, de recuperar las ferias, de reducir el riesgo de incendios, de abaratar la vivienda y de devolver el valor económico que siempre tuvo al suelo rústico.
En segundo lugar, hay que devolverle al propietario el pleno dominio sobre su tierra, evitando que cualquier limitación de usos o cultivos pueda imponerse sin la correspondiente y previa compensación. Es lo justo. Y lo constitucional.
Y, finalmente, hay que recuperar el equilibrio entre el hombre y la fauna salvaje, delimitando espacios donde esta pueda desarrollarse sin convertir el resto del territorio en un lugar cada vez más difícil de habitar y trabajar. Nuestro bosque siempre fue un espacio humanizado y no una selva.
Porque el futuro de Galicia, quizá más que inventarse, consiste en recordar quiénes fuimos y comprender que el verdadero progreso no siempre está delante. A veces espera, silencioso, allí en el lugar de donde un día nos marchamos.
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