Los relojes pararon. Presente y pasado se dan la mano. Don Luis observa desde la pared, en un retrato colgado tras el que fue su escritorio durante cuatro décadas. Su hija lo ocupa desde hace casi otros 40 años. Es una cápsula del tiempo y un ejemplo vivo de un importante legado.
Pilar Baamonde, Pilinchi para muchos en As Pontes, sobre todo para los más mayores, está al frente de la clínica médica en activo más antigua del municipio. Y a sus 66 años no piensa ni por un momento en jubilarse. «Me encuentro muy bien, me gusta lo que hago. El día que no pueda, que llegará, habrá que dejarlo, pero si estás bien, ¿por qué no vas a seguir en activo si eso también te mantiene física y mentalmente?», dice. Es palabra de médico.
Cuando ella nació, en 1960, la Clínica Baamonde ya llevaba unos años abierta. «No existía centro de salud ni servicio de urgencias. Había otros médicos», narra una médica que siguió los pasos de su padre, pero no por presión familiar. «Me gustaba la carrera y a lo mejor fui influenciada sin saberlo, por convivir con esto, pero nunca me dijo que hiciese Medicina«, dice.
Es la mayor de tres hermanos —otro de ellos, Guillermo, es óptico en la puerta de al lado— y un emblema de bata blanca en As Pontes. Su padre ya lo fue. «Para mí siempre fue un referente, no solo por su forma de trabajar como médico, también como persona. Y mientras estudiaba la carrera procuraba estar con él, hacía visitas… como unas prácticas. Aprendí muchísimo», recuerda.
«Siempre me sentí halagada con el cariño con el que hablan de mi padre»
Acabó la carrera en 1984 y tras tres años en Madrid tomó el relevo de su padre en la clínica en As Pontes cuando este murió. Nunca la abrumó. «No sentí una comparación y me sentí siempre muy halagada por el cariño con el que la gente me habla de él, aún hoy», explica una mujer que nunca dudó de su elección.
«Siempre estuve muy a gusto con lo que hice, es que si no a ver como vives… eso es terrible», dice, y habla de una profesión que da muchas satisfacciones —la mayor, «cuando un paciente se pone bien»— pero que implica pasar unos cuantos sustos —»el que diga que no, no es persona, pero hay que salir de ellos con serenidad y pensando con calma»— y vivir momentos duros, como cuando «ves que pierdes a pacientes que llevas años con ellos o cuando hay un diagnóstico feo».
La profesión es «sacrificada» y desde su forma de vivirla requiere implicación. «Intento no llevar todo a casa pero hay cosas que no las dejas atrás. Saben que me pueden llamar cuando quieran para hacer una consulta y se abre hasta en domingo», explica. Eso también es parte del legado aunque con el tiempo ha ido ajustando los horarios de su clínica, que compatibiliza desde hace 20 años con una mutua en Ferrol.
Ella coge las llamadas, organiza la agenda y pasa consulta. «No tengo problema ninguno, solo a veces me olvido de apuntar y doy dos a la misma hora, pero tengo una gente tan encantadora que nunca se enfada», dice con una sonrisa, mientras destaca el carácter familiar de su clínica, donde pasan todo tipo de pacientes y con todo tipo de dolencias. «Desde uno que se retorció un dedo a un dolor de pecho que hay que derivar para descartar un infarto», apunta.
«Esta clínica cerrará conmigo»
En todos estos años vio cambiar la profesión. «Antes el contacto médico paciente era más cercano, como de amistad, y ahora hay una distancia más grande. Y los medios también cambiaron muchísimo. Con mi padre no había ni ecógrafos, solo había uno en Santiago, y ¡lo que evolucionó la tecnología y las técnicas!», dice. Eso también cambió en su consulta: los aparatos sí se modernizaron con los tiempos.
La gente se acumula ya en la sala de espera. Bajo el título universitario de su padre, Pilar mira el reloj. Es hora de reiniciar el trabajo en una clínica que «cerrará conmigo», sentencia.
EL PROGRESO
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