As Pontes vive hoy uno de los momentos más decisivos y dramáticos de su historia. No es una exageración retórica: es la constatación de un hecho. Cuando dentro de décadas alguien escriba el registro de los grandes episodios que marcaron el destino de esta villa, este ocupará un lugar principal. Porque lo que está ocurriendo y en juego no es solo la cancelación de una actividad industrial emblemática o la liquidación de un conjunto de estructuras industriales: es la supervivencia y la dignidad de un pueblo y su derecho a decidir qué memoria conserva y qué futuro construye en base a la misma.
As Pontes no ha sido ajena a la historia bélica de España. Vecinos de la villa participaron en la conquista de Granada, cuyos nueve cañones alados aún figuran en nuestra bandera; combatieron en la guerra de Cuba y en el conflicto de Marruecos. En enero de 1809, cuando el mariscal francés Nicolas Jean-de-Dieu Soult perseguía a las tropas británicas que se retiraban hacia La Coruña para librar la batalla de Batalla de Elviña, la Junta de Defensa de Galicia ordenó derribar el puente de García Rodríguez para frenar su avance. El alcalde se negó, temiendo las represalias y la ruina inmediata de la villa. Semanas después fue fusilado. Su decisión podrá discutirse desde la estrategia militar; jamás desde la lealtad a sus vecinos.
En la primavera de 1837, el coronel carlista Manuel Ignacio de Iriarte atravesó As Pontes con más de mil hombres. Cuando soldados rezagados intentaron arrebatar el ganado de vecinos de Piedrafita y Ada, la respuesta fue un enfrentamiento que terminó con tres muertos y con sus cabezas expuestas en el camino real, en el lugar que desde entonces se llama Cruz de las Cabezas. Fue un episodio oscuro, pero también la expresión brutal de una comunidad que se defendía.
Hoy no suenan disparos. Pero lo que ocurre se le parece demasiado. El cierre de la central térmica de Endesa ya supuso un golpe devastador. Y ahora asistimos a la destrucción sistemática de las edificaciones asociadas, salvo la chimenea, incluida la excepcional cubierta del Parque de Carbones: 94.200 metros cuadrados diáfanos que hasta hace días constituían la segunda mayor estructura de su tipo en el mundo hoy quinta con sus 71.000 metros cuadrados por culpa de unos salvajes. Reducirla a escombros no es progreso; es barbarie institucional. Es amputar una de las obras de ingeniería más singulares de Europa y borrar, con premeditación, un símbolo del patrimonio industrial contemporáneo.
Esto no es solo una cuestión estética ni sentimental. Es una cuestión legal y moral.
La Consellería de Cultura tiene registradas al menos dos solicitudes para la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) del Parque de Carbones, presentadas el 15 de diciembre de 2025 y el 7 de enero de 2026. Dispone pues de información técnica suficiente para incoar expediente y, sin embargo, no ha actuado. Cuando aparecen restos arqueológicos en una obra privada, los inspectores acuden y paralizan con diligencia ejemplar. Hay que investigar si aquello es patrimonio cultural.
Aquí, ante una estructura avalada por catedráticos y entidades culturales, se mira hacia otro lado. No es un particular cualquiera el dueño: es Endesa. Si se consuma su destrucción sin haber garantizado la tutela debida, no estaremos ante una mera omisión administrativa: estaremos ante un posible delito contra el patrimonio que deberá dirimirse en los tribunales. Es lo mínimo que se merece Galicia y el pueblo de As Pontes.
El Ayuntamiento, por su parte, que concedió una licencia apresurada en apenas tres meses conoce hoy datos que entonces no consideró o no quiso considerar. Eso le impone una obligación inequívoca: revisar su actuación y paralizar las obras hasta que exista un pronunciamiento firme sobre la conservación y posible reutilización del Parque de Carbones. No es solo una responsabilidad política; es un deber legal.
Este es pues el momento de actuar.
De frenar la destrucción.
De demostrar que As Pontes no es tierra de saqueo.
Y si no se hace, que nadie se engañe: no puede haber ni habrá impunidad.
Desconozco la manera en que se puede volver a utilizar el Parque de Carbones. Al igual que mucha gente, supongo. Lo que sí cae dentro del sentido común es que semejante estructura ha de tener necesariamente algún tipo de aprovechamiento útil, con total seguridad. Y el hecho de que no se conozca esa posible .vida futura para el Parque.de.Carbones no significa en absoluto que no exista. El desconocimiento puede ocultar la realidad, y aunque no se pueda ver, está ahí, quizás delante de nuestros ojos. La ley de la gravedad existía antes de que Newton la descubriera. De igual modo, quizás, de lo que carece el Parque de Carbones es de quien realmente se interese, estudie y descubra la manera de conservar y rentabilizar este patrimonio industrial. Siempre en beneficio del pueblo de As Pontes.