Llegué a Santiago el lunes, alrededor de las seis y cuarto de la tarde, aproximadamente una hora antes de la celebración del acto en el que estaba prevista la intervención de los diputados de Vox Jorge Buxadé y María Ruiz. Después de dejar el coche en un aparcamiento, me dirigí al Centro Sociocultural de Santa Marta, lugar elegido para el encuentro.
A aquella hora apenas había nadie en el exterior del edificio. Solo se veían algunos vehículos de la Policía Nacional y tres agentes apostados en la entrada. Pensé entonces que la convocatoria realizada por entidades vinculadas al nacionalismo y al independentismo para impedir la celebración del acto no tendría demasiado efecto práctico. Me alejé y fui a tomar un café, pensando, no obstante, que lo peor que puede ocurrirle políticamente a alguien es que lo ignoren.
Cuando regresé, alrededor de las siete, la situación había cambiado por completo. La entrada estaba bloqueada por varios centenares de personas, en su mayoría jóvenes. Entre ellas podían verse banderas del BNG, algunas palestinas y otras cuya procedencia o significado no pude identificar.
Al mismo tiempo, otro grupo numeroso de personas que pretendía asistir al acto trataba de hablar con los agentes para acceder al recinto. Poco después quedó claro para quienes íbamos llegando que la Policía tenía órdenes de impedir la entrada. El acto no iba a celebrarse, no porque los manifestantes pudieran impedirlo por sí mismos, sino porque, según se nos hizo saber, la alcaldesa había ordenado que no se permitiera el acceso.
Ante la situación, los asistentes al frustrado acto nos fuimos distribuyendo por los alrededores. Yo terminé situado al otro lado de la calle, junto a un grupo de manifestantes que también iba aumentando progresivamente.
Durante los primeros minutos la tensión fue escasa. De vez en cuando se escuchaban los habituales cánticos de «Galiza ceibe, poder popular» y «Fora fascistas das nosas rúas». Por lo demás, el ambiente era tranquilo, incluso con cierto aire de representación improvisada. Muchos de aquellos jóvenes parecían acudir también con ánimo de diversión. Sin demasiada tensión alrededor, tuve tiempo para observar lo que estaba sucediendo.
Una de las primeras cosas que llamó mi atención fue la edad de los manifestantes. La mayoría eran jóvenes, aunque también podía verse alguna mujer de mayor edad, de pelo canoso y aspecto de funcionaria. La vestimenta predominante era informal y, en numerosos casos, descuidada. Aquella primera impresión me llevó a pensar que se trataba de un grupo social bastante alejado de los ambientes convencionales, próximo, en algunos casos, a la marginalidad.
Hacía calor y cada vez llegaban más personas. Pronto terminamos encontrándonos prácticamente unos junto a otros quienes pretendíamos asistir al acto y quienes querían evitar que se celebrase.
Ante aquella situación, y quizá para despejar cualquier duda sobre las respectivas intenciones, los manifestantes comenzaron a corear «Fascista o que non bote». Si alguien en mi entorno albergaba alguna duda sobre el motivo de mi presencia, terminó por despejarla.
La llegada de los diputados elevó la tensión. Se intensificaron los cánticos y las consignas de ambos grupos. De un lado, «Yo soy español, español…». Del otro, «Puta España». A esos mensajes se sumaron otras consignas de contenido político, como «Israel asesino», o dirigidas contra la Policía, como «Fora as forzas de ocupación da Galiza».
La presencia policial se hizo entonces más evidente. Los agentes trataban de mantener a distancia a quienes pretendían aproximarse a Buxadé y María Ruiz. Desde la concentración se dirigieron al diputado gritos de raíz etarra como «Buxadé, estás na nosa lista” así como otras consignas relacionadas con las posiciones de Vox sobre la inmigración irregular, entre ellas «Ningún ser humano é ilegal».
En el grupo en el que me encontraba, uno de los asistentes gritó a los manifestantes: «Se os acaba la subvención». El comentario provocó una tensión innecesaria en aquella zona. Poco después, una mujer que se aproximaba portando una bandera española fue increpada. La bandera le fue arrancada y pisoteada. Los gritos de la mujer provocaron la intervención de la Policía Nacional, que la protegió y la acompañó hasta el lugar donde se encontraban los diputados.
Buxadé, visiblemente tenso, comenzó entonces a dirigirse a los asistentes a través de un megáfono. El griterío aumentó hasta hacer prácticamente imposible escuchar sus palabras. A mi alrededor se sucedían, con creciente intensidad, los brazos en alto, los puños cerrados y algunos gestos obscenos.
Fue entonces cuando apareció otro elemento difícil de ignorar.
El calor, la agitación física y la concentración de cientos de personas en un espacio reducido dieron lugar a un olor intenso y penetrante. A mí me recordó inmediatamente al olor característico de los túneles del metro.
La percepción parecía ser compartida por las cinco o seis personas que no formábamos parte del grupo dominante. Nos miramos entre nosotros, como buscando confirmar que no se trataba únicamente de una impresión personal.
En aquel momento, probablemente lo más prudente habría sido pasar inadvertido. Significarse podía conducir fácilmente a una situación de violencia. Pero pensé también que tampoco era razonable permanecer al margen mientras María Ruiz y Jorge Buxadé soportaban semejante presión.
Decidí entonces acercarme al grupo en el que se encontraban los diputados para saludarlos y hacerme una fotografía con ellos.
Avancé entre el griterío ensordecedor que procedía del propio grupo de asistentes, que tenía prácticamente pegado a mí, hasta llegar junto a los diputados. Después de hacerme la fotografía, regresé al lugar del que había salido. Nadie hizo ningún movimiento cuando volví, salvo un individuo con las uñas pintadas de negro, pantalón corto rojo, numerosos pendientes y rastas, que comentó algo que, debido al ruido, no llegué a entender. Mejor así.
Unos segundos después, ya de nuevo entre los manifestantes, un hombre joven que había permanecido cerca durante todo aquel tiempo y que, por su aspecto y actitud, había deducido que no participaba activamente en la concentración, se dirigió a mí para preguntarme quién era y cuáles eran las razones de mi presencia.
Era un periodista latinoamericano. Mantuve con él una conversación interesante durante el tiempo que permanecí allí. Le expliqué que, desde mi punto de vista, lo que estaba contemplando constituía una expresión de determinada marginalidad política y social y que, en mi opinión, aquella concentración no representaba, ni de lejos, el sentir mayoritario de Galicia.
Me marché con la impresión de haber asistido a una jornada políticamente significativa, especialmente por la repercusión positiva que aquel episodio podía tener para Vox y para sus diputados.
Pero, curiosamente, de todo lo sucedido hay un detalle que probablemente no olvidaré.
No serán los cánticos, ni las banderas, ni los insultos, ni siquiera la tensión. Todo aquello me pareció, en buena medida, prefabricado, decadente y falto de convicción o de sentido.
Será aquel olor intenso, extraño e inconfundible.
El olor a túnel de metro.
Fdo. Aquilino Meizoso Carballo
A la mayoría de la juventud que sale en esa foto le han robado el derecho a tener una vivienda, un coche propio, unas vacaciones, a formar una familia, a tener, al fin y al cabo, un proyecto de futuro; es la primera generación en España que vive peor que sus padres, mientras tanto, ellos, distraídos, persiguen algo a lo que llaman fascismo.
«—¡Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.» -Don Quijote de la Mancha