El pasado 11 de marzo decidí dar un paso digno de Sherlock Holmes versión administrativa y presenté en el Ayuntamiento de As Pontes un escrito solicitando información sobre los misteriosos criterios que utiliza la policía local para repartir multas por el municipio.
Todo viene a cuento de una pequeña “contribución voluntaria” —ya abonada, por supuesto— que se me impuso por el grave delito de estacionar delante de mi propia casa el día de feria, concretamente el 15 de enero de 2026 a las 7:13 de la mañana. Trece minutos después de iniciarse la prohibición. Trece. Minutos. Un margen de tiempo en el que, siendo realistas, ni el más madrugador de los feriantes marroquíes ha terminado aún el primer café en su domicilio.
Como uno ya tiene cierta experiencia en estas lides —y no precisamente por gusto—, recordando casos de actuaciones cuando menos discutibles (expediente “Manuel Reboredo”) y teniendo además en curso algún que otro contencioso por multas que parecen salidas de la imaginación creativa de estos nuevos cowboys, decidí pedir pruebas: fotografía con certificación digital, fecha, hora. Lo básico.
De paso, y ya que estaba metido en harina, quise saber si ese celo casi suizo en la puntualidad sancionadora era norma general o si había tenido yo el honor de ser el elegido. Para ello solicité la relación de multas impuestas entre las siete y las ocho de la mañana durante todo 2025. Ciencia estadística aplicada a la vida cotidiana.
Dos días después recibí la llamada de la concejala responsable, Ana Pena, quien muy amablemente me explicó que la multa no era fruto de rigor excesivo ni de ninguna inquina personal, sino de la denuncia de un feriante. Aquí la trama empieza a adquirir tintes de ciencia ficción: dicha denuncia telefónica tendría que haberse producido entre las siete y las siete y diez de la mañana… una franja horaria en la que, con toda seguridad, los feriantes aún están en modo “despertar progresivo”.
La cosa resulta aún más curiosa si tenemos en cuenta que conozco perfectamente a los que se colocan delante de mi casa. De hecho, más de una vez, al oírlos llegar, he bajado en pijama y zapatillas a retirar el coche, generando más risas y buen rollo que denuncias.
Ante este giro argumental, le indiqué a la concejala que, ya que me respondían, incluyeran también la relación emitida por la compañía de las llamadas recibidas ese día por la policía local, para comprobar la existencia de tan madrugadora denuncia. Añadí, con todo el cariño institucional del mundo, que en caso contrario me vería obligado a solicitarla judicialmente, recordando de paso que inventarse una llamada en un documento oficial tiene un nombre poco elegante en el Código Penal.
Confieso que, tras la conversación, me dio la sensación de que alguien estaba reconsiderando el guión.
Casi al mismo tiempo, mientras entregaba otro escrito en el Registro, me encontré poco después con el jefe de la policía, quien, con una sonrisa que decía más de lo que parecía, se me acercó y soltó: “algúns están metendo a pata”. Nos conocemos desde hace años, y sé que él prefiere mantenerse al margen de estas aventuras.
Semanas más tarde, a principios de febrero, me crucé a su vez con Manolo Rodríguez, concejal de obras, quien me comentó que, tras mi escrito, en la feria del 1 de febrero los policías locales decidieron aplicar el reglamento con entusiasmo olímpico: multa para todo el que estuviera aparcado a las siete. Incluso él mismo que a las ocho acudió al ayuntamiento a recoger unos papeles tuvo que identificarse casi como si cruzara una frontera internacional para evitar la sanción. Parece que hay que rellenar el expediente.
Y llegamos al capítulo más reciente. Este viernes, en una conversación donde ya se hablaba de estas historias como quien comenta una serie de Netflix, me contaron nuevas peripecias de estos particulares “cowboys locales”. La guinda del pastel la puso el comentario de uno de ellos, que según parece afirmó sin rubor en el Calvo que él multa “a quien le manda el alcalde”.
Hace un par de dias le pregunté a Ana Pena sobre la contestación y me dijo que “estaban en ello” pero que el jefe de la policía se encontraba de baja lo que retrasaría la contestación. Tuve la impresión de que la política esta vez iba a ser la tan común aquí de “patada a la lata” y a ver si nos olvidamos del asunto, no ocurrirá.
Pues la cosa promete.
Un asunto que sí debería de vigilar es el tema de los perros peligrosos sin bozal y/o sin correa antes de que suceda una tragedia en el pueblo
Manda memoles, los municipalitos