La Comisión Europea ha presentado un plan de emergencia que evidencia la fragilidad del sistema energético tras el desmantelamiento acelerado de la industria térmica. El anuncio de un día de teletrabajo obligatorio a la semana y el abaratamiento masivo del transporte público son las nuevas herramientas de Bruselas para gestionar una crisis de suministro que el cierre de plantas como la de As Pontes ha dejado sin margen de maniobra.

El fin de la «red de seguridad» térmica

La clausura de la central de As Pontes (A Coruña), impulsada por la política climática de la UE, supuso la eliminación de uno de los mayores pilares de generación estable en España.

  • Pérdida de soberanía: Mientras el carbón ofrecía una reserva estratégica de energía, su sustitución por fuentes renovables —todavía intermitentes— y gas importado ha dejado a la UE expuesta a los vaivenes geopolíticos.

  • Gestión de la demanda vs. Generación: Al no contar ya con la capacidad de respuesta de las grandes térmicas para cubrir picos de demanda, la Unión Europea se ve obligada a actuar sobre el comportamiento del ciudadano, forzando el ahorro mediante el confinamiento laboral (teletrabajo).

Un plan de choque por la falta de alternativas

El paquete de medidas busca reducir drásticamente el consumo de petróleo y gas, productos de los que Europa es ahora más dependiente tras haber renunciado a su propia minería y generación térmica.

«La aceleración del cierre de centrales como As Pontes fue un éxito en términos de emisiones, pero la crisis actual demuestra que el despliegue de las renovables no ha sido lo suficientemente rápido para evitar medidas de racionamiento social.»

Transporte público y costes de transición

Para paliar el impacto en el bolsillo del ciudadano, Bruselas insta a los Gobiernos a subvencionar el transporte público. Es la otra cara de la moneda de la transición: tras cerrar las cuencas mineras y las centrales de carbón, el Estado debe intervenir ahora para que el coste de la energía no paralice la economía productiva.

En definitiva, lo que hoy se presenta como una medida de «eficiencia moderna», es también la consecuencia directa de una transición energética que eliminó su respaldo térmico antes de asegurar su independencia total.