El próximo 30 de julio, a las cuatro de la tarde, las cuatro torres de refrigeración de la antigua central térmica de As Pontes caerán de forma simultánea en apenas 1,2 segundos. Será una voladura perfectamente planificada, con un amplio dispositivo de seguridad y restricciones de tráfico para garantizar que todo transcurra con normalidad.
Sin embargo, para muchos vecinos de As Pontes, lo verdaderamente preocupante no es cómo caerán las torres, sino qué quedará en pie después de ellas.
Han pasado años desde el cierre de la central térmica y el balance sigue siendo difícil de ignorar. La demolición avanza a un ritmo constante: primero desapareció el parque de carbones, después numerosas instalaciones auxiliares y ahora llega el turno de cuatro de los elementos más reconocibles del paisaje pontés. Mientras tanto, los grandes proyectos industriales que debían sustituir la actividad de Endesa continúan sin materializarse de forma efectiva. La llamada «transición justa», tantas veces anunciada, sigue sin traducirse en empleo estable ni en una recuperación económica equivalente a la que proporcionó durante décadas la central.
Resulta inevitable preguntarse si el orden de los acontecimientos ha sido el adecuado. En muchos procesos de reconversión industrial europeos se intenta asegurar primero la llegada de nuevas inversiones y, solo después, eliminar las infraestructuras existentes. En As Pontes, la sensación de buena parte de la población es justamente la contraria: el patrimonio industrial desaparece a gran velocidad mientras el nuevo modelo económico continúa siendo una promesa.
La propia información difundida estos días refleja que el desmantelamiento de la central ya supera el 40 % y continuará avanzando tras la demolición de las torres. Sin embargo, esa velocidad contrasta con la incertidumbre sobre qué empresas ocuparán finalmente esos terrenos y cuántos puestos de trabajo generarán realmente.
Pero la pérdida no es únicamente económica.
Las torres de refrigeración, igual que la chimenea de 356 metros o el resto del complejo industrial, forman parte de la identidad visual y sentimental de As Pontes. Durante décadas simbolizaron el desarrollo económico del municipio y dieron empleo, directa o indirectamente, a miles de familias. Para muchos vecinos no eran simples estructuras de hormigón, sino parte de la historia colectiva del pueblo.
Por ese motivo, la Asociación do Patrimonio Industrial das Pontes reclamó la conservación de parte del complejo y solicitó que al menos una torre permaneciese en pie hasta estudiar posibles usos patrimoniales o culturales. También reivindicó la protección de la chimenea como Bien de Interés Cultural y recordó que un estudio sobre la reutilización de elementos de la central, aprobado hace años, todavía no se había iniciado.
No se trata únicamente de conservar edificios antiguos por nostalgia. En numerosos países europeos antiguas centrales eléctricas, altos hornos o minas han sido transformados en museos, centros tecnológicos, espacios culturales o polos de innovación, convirtiéndose además en un atractivo turístico y económico. La reutilización del patrimonio industrial ya no es una excepción, sino una estrategia habitual allí donde se entiende que la memoria también puede generar desarrollo.
En As Pontes, sin embargo, la imagen que hoy predomina es otra: la de una demolición que avanza con rapidez mientras la reconversión sigue sin ofrecer resultados visibles.
El próximo 30 de julio las torres caerán en apenas un segundo. Pero lo que realmente preocupa a muchos ponteses no es el estruendo de la voladura, sino el silencio que puede quedar después.
Porque cuando desaparece un símbolo industrial sin que exista todavía una alternativa consolidada, no solo se derriban toneladas de hormigón. También se desvanece una parte de la historia de un pueblo que durante décadas fue uno de los motores energéticos e industriales de España.
Información obtenida de EL PROGRESO
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