Apenas veinticuatro horas después de la voladura de las cuatro torres de refrigeración de la antigua central térmica de Endesa, As Pontes acogía un foro dedicado a analizar «los retos y oportunidades de la transición». La imagen resulta difícil de ignorar: mientras todavía estaba reciente la desaparición del símbolo más visible de la industria que marcó la historia del municipio durante décadas, expertos y representantes institucionales debatían sobre sostenibilidad, innovación y el futuro del territorio.

Para quien observe As Pontes desde un despacho o una sala de conferencias, la transición puede parecer un apasionante proceso de transformación. Hay mesas redondas, ponencias, expertos, palabras como sostenibilidad, innovación, resiliencia, impacto de género o economía circular. Todo suena moderno, prometedor e ilusionante.

Sin embargo, para muchos vecinos la transición tiene una traducción mucho más sencilla.

DEMOLICIÓN

Cuatro torres de refrigeración reducidas a escombros así como el parque de carbones, una de las superficies cubiertas diáfanas más grandes del mundo.

Hay algo profundamente paradójico, e incluso grotesco, en presentar el cierre de la mayor industria de un municipio y de Galicia bajo el título de «retos y oportunidades». Para quien pierde un empleo, para quien ve marcharse a sus hijos por falta de expectativas o para quien contempla cómo desaparece el principal motor económico de toda una comarca, el punto de partida difícilmente puede calificarse de una oportunidad. Las oportunidades deberían llegar después, cuando existen nuevas empresas, inversión y empleo que las respalden. Convertir la propia desaparición de la industria en una oportunidad parece más un ejercicio de retórica que una descripción fiel de lo que muchos ponteses viven desde hace años.

Resulta difícil no apreciar el contraste. Mientras desaparecen los símbolos de la mayor industria que ha tenido este municipio, la conversación gira hacia conceptos cada vez más abstractos. Se habla de estrategias, de modelos sostenibles y de nuevos horizontes, mientras buena parte de la población sigue esperando aquello que se prometió cuando se anunció el cierre de la central: empleo, industria y oportunidades reales para que los jóvenes pudieran seguir construyendo su vida y la de su familia en As Pontes.

Con el paso de los años, muchos vecinos tienen la sensación de que la llamada «transición justa» se ha convertido en otra cosa. Ya no se mide por las empresas que abren o por los puestos de trabajo creados, sino por el número de jornadas técnicas, cursos de formación, congresos y foros donde se explica lo bien que avanza.

No faltan expertos para hablar del futuro así también como hubo expertos que decían que demoler la chimenea, las torres y el parque de carbones era una aberración.

Nadie discute la utilidad de la formación, del debate o de la reflexión. Pero cuando el resultado más visible de una transición son las demoliciones mientras la actividad económica prometida sigue sin materializarse, es inevitable que aparezca el escepticismo. La sensación que empieza a instalarse es que el relato ha terminado sustituyendo a los resultados. Se anuncian proyectos antes de que generen un solo empleo, se celebran expectativas antes de que exista una sola nave en funcionamiento y se suceden las conferencias mientras la evidencia más tangible continúa siendo la desaparición de lo que había.

Y esa distancia entre el discurso y la realidad acaba generando cansancio.

Porque la transición justa nunca se presentó como un ciclo de conferencias. Se presentó como un COMPROMISO para sustituir los empleos y la actividad económica que desaparecerían con el cierre de la central, permitiendo que As Pontes siguiera teniendo un futuro industrial y que sus jóvenes pudieran desarrollar aquí su proyecto de vida.

Si, años después, lo que más perciben los vecinos son demoliciones, cursos y charlas sobre sostenibilidad, mientras la gran industria sustitutiva sigue esperando, será difícil convencerlos de que la transición ha cumplido aquello que prometía.

Porque, al final, la pregunta continúa siendo la misma:

¿Dónde está la industria que debía sustituir a la que ya hemos perdido?