La mañana del 27 de enero me disponía a salir hacia la oficina cuando recibí una llamada tan inesperada como devastadora. Era Pepe Formoso. Su voz confirmó lo que nadie quería oír: habían comenzado a derribar el Parque de Carbones. La noticia me produjo una sensación incómoda, densa, difícil de definir, una mezcla de dolor, indignación y tristeza que aún hoy me cuesta digerir.

Me dolía, en primer lugar, porque lo que se estaba destruyendo no era un vestigio menor ni prescindible, sino una obra de enorme complejidad técnica, de escala excepcional y de incuestionable valor cultural, carente de toda lógica desde cualquier análisis serio, incluso desde el estrictamente económico. Me dolía también porque ese patrimonio estaba en As Pontes, y porque yo mismo había sido testigo directo de su construcción.

Pero el dolor se transformó pronto en indignación. Aquella demolición se producía apenas semanas después de que Vicente Castro y yo mismo hubiésemos solicitado formalmente su protección a la Consellería de Cultura, el 15 de diciembre, una petición que la Plataforma para la Defensa del Patrimonio Industrial de As Pontes había reiterado y reforzado con numerosos informes técnicos y científicos, a los que se sumó recientemente el del catedrático de la ETSA de Madrid, D. Alfonso Muñoz Cosme. Frente a todo ello, la Xunta optó por el silencio. Un silencio cómplice.

Igualmente, indignante resulta haber llegado a este punto sin que el Ayuntamiento debatiera públicamente una cuestión de tal trascendencia, otorgando una licencia de demolición de manera apresurada y con una ligereza que solo puede calificarse de históricamente irresponsable, con la connivencia activa de quien debía haber actuado como garante del interés general.

Y, sin embargo, quizá lo más triste de todo sea la pasividad de buena parte de la población de As Pontes, un pueblo cada vez más empobrecido no solo material, sino también cívica y moralmente; un pueblo cuyas instituciones empresariales y vecinales se encuentran, en demasiados casos, secuestradas por el comensalismo, la sumisión y la adulación al poder, sin la menor preocupación por el futuro colectivo ni el más mínimo ejercicio de reflexión crítica.

Endesa nos ha humillado. Ha humillado a As Pontes en su conjunto. Y no dudo de que dentro de esa empresa algunos hayan celebrado con aplausos esta “hazaña”, este inicio de la barbarie en el Parque de Carbones. Es evidente que se les ha allanado el camino. Pero no todos callaremos.

Algunos seguiremos peleando hasta el final. Y si ese final llega con la destrucción total del edificio, exigiremos ,que nadie lo dude, responsabilidades políticas, administrativas y morales a quienes, por acción u omisión, hayan hecho posible esta desgracia. Porque lo que hoy se consuma no es solo una demolición: es la humillación de todo un pueblo.