La demolición del Parque de Carbones en As Pontes no es solo la desaparición de una estructura industrial: es el derrumbe silencioso de una memoria colectiva, de un legado que pertenece tanto al pasado como al futuro de la villa. Y en ese proceso, la responsabilidad municipal emerge en estos momentos con una gravedad que no puede diluirse entre trámites administrativos ni resoluciones cruzadas.

La Consellería de Cultura ha señalado con claridad al Ayuntamiento de As Pontes como responsable de la situación que ha desembocado en la autorización de la demolición. No se trata de una acusación menor. Supone reconocer que, allí donde debía existir protección, planificación y defensa activa del patrimonio, ha prevalecido la inacción o la falta de determinación política. La administración local, primera garante del interés general y custodio más cercano del territorio, no puede eludir su papel en la pérdida irreversible de un símbolo identitario.

El Parque de Carbones no es únicamente un vestigio industrial; es un testimonio físico de la historia energética, social y laboral de As Pontes. Su desaparición implicaría amputar una parte esencial del relato colectivo, privando a las generaciones futuras de comprender de dónde vienen. Cuando un ayuntamiento permite —por acción u omisión— que esto suceda, no solo falla en la gestión urbanística como es hoy el caso : sino  en su deber moral con la ciudadanía.

Frente a ello, la solicitud presentada por la Plataforma para la Defensa del Patrimonio Industrial no es un gesto simbólico, sino un último intento de frenar lo irreversible. La paralización de las obras no solo abriría una vía de negociación, sino que representaría un acto de responsabilidad tardía pero necesaria. Aún estamos a tiempo de decidir si As Pontes quiere ser un territorio que borra su historia o que la integra como motor de futuro.

Porque destruir patrimonio no es simplemente transformar el paisaje: es romper el vínculo entre una comunidad y su identidad. Y esa decisión, cuando se toma desde la esfera municipal, deja una huella mucho más profunda que cualquier edificio derribado.

Valentin González Formoso tiene en estas horas la oportunidad de corregir el rumbo o pasar a la historia desgraciada de As Pontes.