Durante este mes de mayo, el tema, o uno de los temas en As Pontes, fue el de las sillas de la Plaza del Carmen y la intransigente actitud del cura párroco al respecto. La poco conciliadora postura del sacerdote no gusta, en este caso, a nadie y hoy voy a hablar un poco de mi experiencia con ellos —los sacerdotes— y con la Iglesia en general.
Los Salesianos
Me eduqué en un colegio “de curas”: los Salesianos de La Coruña. No obstante, así como no soy un católico practicante, tampoco soy anticlerical, y la efervescencia religiosa que a lo largo de aquellos años me inculcaron apenas duró en mi vida universitaria poco más de seis meses tras mi salida de aquel colegio coruñés. Pronto me di cuenta de que era un pecador sin remedio y me olvidé del asunto.
No tuve, no obstante, en esa primera experiencia formativa y en un ámbito tan religioso entonces como aquel, conflictos, y me quedé con el recuerdo de curas buenos como D. Mariano, rigurosos como D. Gregorio y también de los que había que huir porque “sobaban” a los niños, como Revuelta y D. Julio. No quedó en mí ni trauma ni rencor alguno, tan solo recuerdos. Sobre todo, buenos.
El venerable D. Enrique
Durante mi estancia en la universidad, con el único cura que mantuve en As Pontes algún contacto fue con D. Enrique, el “Cura de Os Chaos”, quien me ayudó en un trabajo sobre la vivienda rural de la zona -que utilicé en segundo de carrera- y quien me casaría unos años después precisamente en la Capilla del Carmen.
Con D. Enrique mantuve siempre, y hasta su muerte, una entrañable relación, incluso política, participando —ya tras mi retorno de la universidad— en el origen de Amigos de As Pontes en diciembre de 1982 y firmando el acta fundacional de la asociación el día 15 de septiembre de 1983 junto con Jesús Ruvera Formoso, Armando Castro Muras, José Formoso Pico, José Duran Prieto, Raul Bellas Carreiras y Manuel Filgueiras Soto. Su participación política con nosotros pronto sería vetada por el obispo, quien además lo marginó en su labor pastoral enviándolo a las parroquias. Cuando abandonó As Pontes, comí con él en el Barbarroja y pude comprobar que se marchaba dolido, pero aceptando con humildad su situación, pues consideraba que había sacerdotes “mejor preparados” que él para la parroquia.
Fue este venerable sacerdote quien bautizó a mis hijos, dos en la Capilla del Carmen y a mi hija Rita en la del Aparral, al negarme el cura que lo sucedió en la parroquia —más moderno e intransigente— el uso de la citada capilla, pues pretendía establecer él la iglesia y la fecha para hacerlo. No iba a suceder —y no sucedió—, pues soy bastante perezoso para obedecer, y aquel juguete precioso que era Rita fue bendecida por D. Enrique en el antiquísimo templo del Aparral.
Con la Iglesia hemos topado
Mi primer desencuentro, no obstante, con el obispado se produjo en 1984, en el contexto de la expropiación de Espiñaredo. Hacía apenas dos años que los vecinos de esa parroquia me habían encargado una estructura de hormigón para la cubierta —de madera y ya muy deteriorada— de la iglesia parroquial. Las obras, con un coste de 600.000 pesetas, fueron sufragadas por los propios vecinos al contratista Raimundo Vigo y, en el momento de la expropiación de la zona por Endesa, estaban recién rematadas. El conflicto surge entonces como consecuencia de la negativa del obispo a invertir el dinero cobrado por el edificio y el cementerio en construir unas nuevas instalaciones, pretendiendo que la parroquia se quedara sin ellas.
Tal actitud dio lugar en agosto de 1984 a un comunicado de Amigos de As Pontes titulado “Requiem por Espiñaredo” que yo redacté , en el que-y en el penúltimo de sus párrafos- se decía:
“El drama social y cultural se consuma, pues, entre la corrupción, la complacencia y la desidia, bajo el impulso de la máquina industrial degradadora que inexorablemente se tragará tierras, edificaciones, imagen urbana e historia, sin que le falte incluso la ayuda de nuestro mercantilizado señor obispo, empeñado en vender iglesia y cementerio en contra de la opinión de sus feligreses”.
El comunicado fue enviado para su difusión, en defensa de los vecinos, a La Voz de Galicia y El Ideal Gallego, siendo publicado en este último medio, pero censurando la referencia al obispo. Ante el silencio por otro lado de La Voz de Galicia, tomamos la decisión de publicarlo en ese periódico como anuncio —una inserción con doce módulos—, para lo que contratamos su publicación para el día 18 de agosto, sábado, abonando una factura por importe de 21.420 pesetas. Conservo el recibo.
Hojeamos Jesús Rivera y yo aquel sábado La Voz y no pudimos encontrar el anuncio contratado. Poco después, tras una llamada telefónica, se nos confirmó desde Ferrol que pasásemos a retirar el importe pagado por la publicación, indicándosenos que la referencia al obispo no podía difundirse. Entendimos entonces de que Galicia era la voz aquel periódico y que en ningún caso podría en el mismo escribirse con honor la palabra libertad.
La Plaza del Carmen
Habían pasado apenas tres meses de mi presencia en la alcaldía de As Pontes cuando, en septiembre de 1987, el juzgado me envió, con un intervalo de apenas unos días, dos comunicaciones: la primera y más preocupante, la del embargo cautelar de mis propiedades y cuentas por importe de 700 millones de pesetas como consecuencia de la paralización a Endesa de las obras del Canal 4; y la segunda, el interdicto del obispado precisamente por contratar obras de pavimentación en la Plaza del Carmen. La cosa ya en los comienzos pintaba mal.
Ambos contenciosos fueron resueltos en el mes de noviembre: el primero, tras mi declaración en el juzgado sobre la ilegalidad manifiesta de las obras en el Canal 4 por parte de Endesa que trajo como consecuencia el levantamiento del embargo; y el segundo, tras un acuerdo con el obispado del que, teniendo en cuenta las circunstancias actuales generadas por el conflicto de la colocación de sillas en la Plaza del Carmen, voy a dar —porque conviene— algunas explicaciones.
Una vez comunicado el interdicto del obispado y en compañía de Andrés Silva Barro, me desplacé una mañana de noviembre a Ferrol a conversar con el obispo y ver cuáles eran sus pretensiones. Efectivamente, y aunque el terreno de la capilla había sido adquirido para su construcción por la cofradía del Carmen y sufragado por los vecinos, me encontré con algo que desconocía: el obispado había registrado la propiedad a su nombre hacía tan solo unos meses. La pretensión de monseñor era clara: dejaría pavimentar si se le daban tres millones de pesetas, un importe más o menos equivalente a lo que valía entonces un piso nuevo en As Pontes.
Le expuse que de momento no podía tomar ninguna decisión y que sería muy difícil que la corporación aceptase semejante pago, pero que, además, tendría que hablar con el secretario del ayuntamiento para conocer cuál era la situación desde un punto de vista legal. Me recordó antes de salir que el dinero no era para el obispo, sino “para los feligreses”, a lo que recuerdo haberle dicho que la plaza también era para ellos. Consultado —de nuevo en As Pontes— el secretario, este me dejó clara su posición: el uso público durante siglos del espacio lo hacía público a todos los efectos y él iba a informarlo de ese modo. Se mostró muy vehemente en el asunto.
Volví dos semanas después a Ferrol a la búsqueda de una posible solución, pues las obras de pavimentación de la plaza estaban contratadas y el conflicto podría provocar un retraso de años. En esta segunda ocasión tuve la suerte de encontrarme allí al arquitecto del obispado, lo que facilitó las cosas. Así, a la vista de la situación y ante la imposibilidad de obtener dinero del ayuntamiento, me planteó que en su lugar podría buscarse la recalificación de una parcela propiedad del obispado. De inmediato surgió —al ser de las pocas propiedades no edificadas de esa titularidad en As Pontes— la posibilidad de hacerlo en el antiguo cementerio, en la parte posterior de la iglesia parroquial, un recinto funerario que permanecía clausurado y abandonado desde los años veinte del siglo pasado.
La solución convenida implicaba una modificación de las NSM que trasladase la edificabilidad de unas oficinas existentes en la Avenida de Lugo de la empresa Fenosa a una parcela que se configuraría en el antiguo cementerio —la de las gallinas—, quedando el resto del espacio para plaza, que ejecutaría el ayuntamiento. Con esta modificación- a la que el prelado se comprometió a hacer colaborar a Fenosa- el ayuntamiento conseguía una nueva plaza y también un acceso a la iglesia desde la Avenida de Lugo. A cambio, el obispado podría edificar en el solar recalificado hasta cuatro plantas. Creí el acuerdo bueno para As Pontes y lo acepté.
Esa aceptación inicial tropezó, sin embargo, con la oposición frontal del resto de la corporación y, en sucesivos plenos, fue rechazada durante más de dos años la modificación de las normas que amparaba el acuerdo, hasta que finalmente terminó aprobándose en el mes de marzo de 1995. La Plaza del Carmen consolidaba así definitivamente su uso público y As Pontes ganaba una nueva plaza y un amplio acceso a la iglesia parroquial desde la Avenida de Lugo. Cualquier aspiración, pues, por controlar el uso público de la plaza —como el que hoy parece intentarse—, además de generar un irresponsable enfrentamiento social, está condenada al fracaso.
La plaza del cementerio viejo, la virgen de piedra y la fuente de los fusilados.
En las obras de la nueva plaza y la fuente, y el levantamiento previo de los enterramientos del cementerio viejo, se dieron varias anécdotas curiosas. En un primer momento, el propietario del terreno en el que se encontraba la fuente del lateral —cuyo uso público por los vecinos estaba acreditado desde hacía bastante más de cien años— pretendió también, como el obispo, que el ayuntamiento le indemnizase y, como muestra de su determinación, cubrió una mañana con tierra el manantial, plantando coles en la parcela y eliminando así el acceso a la misma. El resultado fue una acción judicial inmediata que le dio la razón al ayuntamiento, condenando al propietario a pagar las costas y limpiar de nuevo fuente y acceso. Ambas cosas las hizo —para no tensionar más el asunto— el ayuntamiento y nos olvidamos del tema. Y del dolido vecino.
Otra de las anécdotas fue la aparición de la virgen de piedra que, sin constancia de su origen ni propietario y aparecida en el recinto, la colocamos en la Plaza del Carmen, en el pedestal en el que hoy se encuentra. Un espacio con el que obviamente estaba emparentada.
Y finalmente, una última anécdota, también ocurrida en el lugar y mantenida en secreto durante muchos años fue la aparición, en la excavación de la zona de la fuente fuera del propio cementerio, de los restos de dos personas junto con lo que parecían ser correajes y cartucheras. Presentaban en la parte posterior de ambos cráneos un revelador orificio que hacía pensar en una ejecución.
Me avisaron de la aparición de los restos y sus circunstancias poco antes del mediodía y, ante los indicios, llamé al cura de Os Chaos para que me acompañara. Solo quedaba en el lugar un trabajador y D. Enrique nos explicó que seguramente eran mineros de la zona de Vivero y Burela que, en los primeros días del alzamiento de 1936, se habían dirigido a La Coruña para combatir a los sublevados, habiendo sido repelidos por la Guardia Civil en Pontedeume y obligados a retirarse. Las dos víctimas, muy probablemente interceptadas en esa retirada, habrían sido ejecutadas en el propio puente de Isabel II y enterradas al borde del río.
Enrique me recomendó no hablar del asunto para no generar tensiones y le indiqué al trabajador que metiera los restos en una bolsa de plástico, como lo estábamos haciendo con los demás del cementerio, y que en la placa de latón que indica la zona de la exhumación no pusiese referencia alguna. Terminaron, como los demás, en Alimpadoiros. En la fuente instalada en el lugar le dije al escultor que en esos momentos esculpía la fuente que grabara dos manos entrelazadas como recuerdo del hecho. Y allí quedaron.

La Plaza de la Villa
El último de los conflictos con la Iglesia surgió tras la ejecución de la Plaza de la Villa.
La plaza era en ese lugar una aspiración ya antigua de los vecinos y la oportunidad para su ejecución se presentó en 1989, cuando las construcciones, en su mayor parte arruinadas, que ocupaban la zona se pusieron a la venta. Con los propietarios que residían en la villa llegamos pronto al acuerdo y, con el que quedaba residente en Madrid, el entonces concejal Luis Barrio Doel se ofreció a salir de inmediato para contactar. Salió, pues, de inmediato Luis, viajando durante toda la noche, y a las once de la mañana del día siguiente me llamó para decirme que había conseguido el acuerdo.
Las obras de la plaza comenzaron de inmediato y en el centro decidimos instalar un cruceiro que inicialmente había sido encargado al taller de Guillermo Feal Otero para la Plaza del Hospital, pero cuya colocación allí había sido vetada —sustituyéndolo por la actual fuente— por el entonces representante del BNG Fermín Paz Lamigueiro.
Con las obras en avanzado estado de ejecución, el párroco Sr. Mejuto apareció una mañana por la alcaldía de nuevo con el arquitecto del obispado y un proyecto de ampliación de la iglesia parroquial de Santa María que pretendía ganar superficie avanzando sobre la nueva plaza unos cinco metros desde la fachada. El despropósito era de tal magnitud que apenas mereció comentario, pues ni el obispado necesitaba, a mi juicio, ampliaciones en sus templos ni el ayuntamiento había comprado los terrenos para hacerlo. Sí le dije, no obstante, que en caso de que ellos asumieran el coste del edificio le buscaríamos un lugar en el Canal 4 para construirlo. Y no le gustó la respuesta.
Con la plaza ya rematada y preparando su inauguración —a la que fue invitado el padre de Andrés Silva, con entonces cien años de edad—, me encontré una tarde con el sacerdote Moncho Valcarce, un fanático del BNG al que varios padres habían acusado en el ayuntamiento de adoctrinar en la clase de religión a sus alumnos y no precisamente en la doctrina de la Iglesia. Le advertí que teníamos previsto bendecir el cruceiro y que quería hablar con el párroco para ponernos de acuerdo en las formalidades. Sin tan siquiera pararse, me dijo que, vista mi negativa a la ampliación del templo parroquial, el cruceiro ellos no lo iban a bendecir.
No es que me disgustara mucho la cosa, pero el día de la inauguración de la plaza vino la TVG y les comenté el asunto, lo que provocó que de inmediato los periodistas se marcharan a la casa del cura a pedirle unas explicaciones que, sin tan siquiera abrir la puerta, no quiso dar.
Epílogo
Y esta es un poco la historia de mi relación con la Iglesia y de la que yo saco una conclusión, y es que, si bien esta institución tuvo durante siglos un papel de guía espiritual y protección de los feligreses muy semejante al del pastor de la vieja tradición judaica con su rebaño —“Apacienta mis ovejas”, decía Jesús a Pedro—, resulta difícil de entender que, en ocasiones como las descritas y particularmente la del episodio hoy de las sillas, el pastor pretenda joder a sus ovejas.
Y es que no es ese su papel.
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