Un problema asumido: la Galicia que se vacía

Si existe un consenso transversal en Galicia es que el rural se apaga. Esa despoblación sostenida está detrás, en el imaginario colectivo, de los incendios descontrolados que cada verano arrasan miles de hectáreas, del monocultivo del eucalipto convertido en única actividad rentable, del abandono de ríos, presas y molinos —donde la ley impide intervenir— y del ocaso de unas ferias que durante siglos fueron motor económico y social.

La situación se agravó en 2002, cuando la construcción en suelo rústico quedó prácticamente vetada y las reformas de viviendas tradicionales pasaron a estar sometidas a controles severos y a costes inasumibles. La Xunta creó entonces la Agencia de Protección de la Legalidad Urbanística (APLU), que desde su nacimiento se convirtió en un vigilante implacable del campo gallego.

Las cifras del INE ayudan a entender el mapa: de los 37.482 núcleos poblados de España, el 27,9 % —10.445— están en Galicia, una comunidad que solo representa el 5,4 % de la población estatal. Galicia ocupa, pues, el territorio de forma casi seis veces más dispersa que el resto del país. Ese hábitat disperso, sello histórico de la identidad gallega, es hoy un modelo en retroceso.

Un hábitat disperso con 2.000 años de historia

El origen del minifundio y del poblamiento disperso se remonta al fin de las guerras cántabras y la llegada de Roma en el año 19 a. C. La población abandonó entonces los castros fortificados y adoptó una organización basada en el derecho romano, una red viaria inédita hasta entonces y nuevas técnicas agrícolas que hicieron posibles asentamientos estables.

El trigo, el centeno, la cebada o el castaño transformaron la economía gallega. También lo hizo la unidad de explotación familiar, medida en “ferrados”, que marcó durante siglos la relación entre la tierra y sus habitantes. De esas pequeñas explotaciones vivían familias que mantenían entre cinco y diez vacas, algunas ovejas, cerdos y aves. Ese modelo permitió la supervivencia del país incluso en tiempos de guerra.

La llegada de los suevos en el siglo V consolidó un sustrato cultural que perdura y no alteró el modelo territorial. Tampoco lo hizo la invasión árabe, cuyo impacto en Galicia fue mínimo. Durante más de mil años, la forma de ocupar el territorio apenas cambió.

 Del mundo tradicional a la prosperidad truncada

El modelo sobrevivió hasta bien entrado el siglo XX. La mayor parte de los gallegos nació en casas donde convivían vivienda, cuadra y almacén; donde la feria quincenal era el corazón económico y social. Incluso en tiempos de escasez, como la Guerra Civil, el campo garantizó la alimentación básica de la población.

A partir de los años setenta, la mecanización agrícola y la industrialización trajeron una prosperidad inédita. Muchas familias combinaron trabajo en fábricas o servicios con actividad agraria modernizada. Se ampliaron viviendas, se construyeron cuadras nuevas, aparecieron los primeros invernaderos y se edificaron casas para hijos y nietos.

Pero aquel impulso duró apenas dos décadas.

El giro verde europeo y su impacto en Galicia

La entrada de España en la Comunidad Económica Europea en 1986 coincidió con un periodo de escasa representación gallega en Bruselas. Hasta 2002, solo dos eurodiputados procedían de Galicia. Mientras, los partidos verdes —especialmente el alemán Die Grünen— lograban influir en directivas como la Hábitats (92/43/CEE), que imponía restricciones severas sobre el suelo rústico, ajenas al modelo gallego.

En aquella época, cuestionar lo que venía de Europa se consideraba una forma de atraso. Las escasas advertencias quedaron sepultadas bajo el entusiasmo europeísta. En Galicia lo pagaría el campo, pero también la pesca.

2002: el punto de inflexión

El 31 de diciembre de 2002, Galicia aprobó su nueva Ley del Suelo. Con ella llegó un tsunami normativo que, años después, cristalizó en la creación de la APLU y en la demolición de más de dos mil viviendas, la mayoría en suelo rústico.

Construir en el rural pasó a ser casi imposible salvo dedicación exclusiva a la agricultura durante un mínimo de 25 años. Mientras tanto, el bosque humanizado gallego se convertía en selva: restricciones ambientales, reservas de la biosfera, limitaciones a cultivos tradicionales y la aparición de fauna salvaje desconocida hasta entonces.

El campesino, antiguo pilar de la identidad gallega, quedó reducido a una figura residual y folclórica tutelada por Bruselas y Santiago.

El presente: un rural envejecido y en retirada

Hoy en el campo quedan, sobre todo, ancianos. Una minoría resiste en explotaciones familiares que sobreviven pese a todo. El resto de la población vive en las ciudades y, con sueldos miserables, compra patatas importadas mientras miles de hectáreas, abandonadas y pobladas solo por eucaliptos, se convierten en combustible cada verano.

 

El plan político que podría revertir el desastre

El problema exige una solución que va más allá de lo económico: está en juego la identidad gallega. Y cinco son los objetivos políticos concretos que habría que abordar:

 

  1. Recuperar el hábitat disperso

Derogación de la Ley del Suelo de 2002 y creación de una nueva norma que permita edificar en el rural acompañando la vivienda con superficies agrícolas y forestales que garanticen su viabilidad.

  1. Fin de las restricciones no compensadas

Derogar toda normativa ambiental o urbanística que limite usos del suelo sin indemnizar previamente a los propietarios perjudicados.

  1. Incentivos para vivir y producir en el rural

Subvenciones y crédito para viviendas y explotaciones agrícolas, ganaderas y forestales. Impulso a energías limpias asociadas al medio rural: leña, minihidráulica, autoconsumo eólico y recuperación de cauces.

  1. Revitalización de la economía tradicional

Apoyo a talleres artesanos, huertos y pequeñas explotaciones de aves, abejas, cerdos u ovejas. Reimpulso de las ferias mediante controles sanitarios y sellos de calidad.

  1. Control de la fauna salvaje

Eliminación del libre tránsito de animales salvajes por el territorio, limitándolo a zonas donde los propietarios lo acepten expresamente.

 

Un último aviso

Es el momento de actuar, de lo contrario, Galicia asistirá no solo a la desaparición definitiva del campesinado, sino al nacimiento de un nuevo gallego urbano, empobrecido, con peor salud y desvinculado de una identidad forjada durante dos milenios.