El pasado día 22 de septiembre, el alcalde de As Pontes, Valentín González, convocó un minuto de silencio a las doce de la mañana delante de la casa consistorial en homenaje a la población de Gaza.
El resultado fue un clamoroso fracaso y al acto tan solo asistieron el propio alcalde, algunos concejales, un par de funcionarios y muy poco más.
Y no es que la gente en As Pontes no tenga sensibilidad o no lamente las desgracias humanas como la que actualmente afecta a palestinos e israelíes, sino que, como ocurrió en otras ocasiones, desconfía, ya que en este caso nos encontramos de nuevo con la utilización política, a través de los medios de comunicación, de una desgracia colectiva. Están en el recuerdo los atentados del 11M, la guerra de Irak, el Prestige y el intento de los pellets en las últimas elecciones. Siempre lo mismo y los mismos.
Resulta evidente que, en este caso como en los anteriores, la clave reside en la información que se recibe y en los intereses políticos que se persiguen con ella, que en este caso se ven claramente. Una información y una versión única de los hechos que es necesario contrarrestar desde el conocimiento cabal ante una población y una clase política que, en su mayor parte, no sabe a qué atenerse. No hay más que ver a este irreconocible Partido Popular actual de Galicia que, otra vez en este tema, vuelve a entrar al trapo y cae en la trampa que desde la oposición le tienden, pronunciándose sobre un conflicto del que en realidad sabe muy poco o casi nada.
Se hace, pues, necesario hacer frente a esta descarada manipulación informativa y dar una versión de los hechos fundamentada que permita formarse un criterio sobre esa desgracia colectiva que viven palestinos e israelíes en Gaza.
Los fundamentos del antisemitismo
El pueblo judío, hay que reconocerlo, tiene a mi juicio un problema de integración que se fundamenta en dos circunstancias que le son propias.
La primera de estas circunstancias es que los judíos son, por razones de tradición y cultura, gente bien preparada que normalmente termina ocupando puestos importantes en la ciencia, las finanzas y el comercio, lo que en sí mismo provoca recelos del resto de la población con la que convive. Hay que recordar, en este sentido, que el 23% de los premios Nobel fueron otorgados a judíos y el pueblo judío representa tan solo el 0,2% de la población mundial. Algo hay sobre el asunto.
La segunda, y para mí determinante en el antisemitismo, es que el judío se siente judío por encima de cualquier otro sentimiento nacional, lo que provocó y provoca históricamente comportamientos del colectivo que dieron lugar a expulsiones continuadas y pogromos en numerosos países y en todas las épocas, especialmente cuando el sentimiento nacional del país receptor, sus intereses o la religión chocaban con los del pueblo judío.
Con estas premisas, y con el conocimiento sobre el tema que me supone tener y mantener contacto con amigos judíos, voy a dar mi punto de vista sobre la situación que hoy se vive en Palestina.
El origen del conflicto
Lo primero que hay que decir es que tanto los judíos como los árabes vivieron en Palestina pacíficamente desde que hay historia escrita, lo que otorga a ambos pueblos iguales derechos a ocuparla. El problema surge a principios del siglo XIX, cuando los judíos de todo el mundo inician —tras los pogromos sufridos en muchos países, especialmente en Rusia— el retorno a la tierra de sus antepasados de forma masiva, mediante la compra de suelo financiada por un organismo creado a tal efecto: la Agencia Judía.
Los recién llegados a tierras palestinas tenían en general mayores recursos y también mejor formación y, como consecuencia, las zonas que fueron ocupando comienzan a prosperar de forma clara, y los antiguos dueños del suelo van pasando poco a poco a ser jornaleros de los nuevos colonos. Surge entonces el principal núcleo urbano, Tel Aviv, “Colina de Primavera”, como población simbólica y exclusivamente judía. Los árabes se dieron cuenta pronto de que los que llegaban venían no solo para quedarse sino para controlar económica y políticamente el territorio. Comenzaron, pues, ya antes del siglo XX y aun bajo dominio turco, las reticencias y los conflictos, aunque con una intensidad todavía muy pequeña.
La Declaración de Balfour
El punto de inflexión en las relaciones entre israelíes y palestinos se produce el 2 de noviembre de 1917, en plena Primera Guerra Mundial, con la llamada Declaración de Balfour. La declaración fue un compromiso del ministro de Asuntos Exteriores Arthur James Balfour con el barón Rothschild, banquero judío y miembro de una familia de banqueros que financiaba en aquel momento a los países beligerantes, en la que el gobierno británico se comprometía a entregar el territorio de Palestina para la creación de un Estado judío una vez terminada la guerra y derrotada Turquía, país en aquel momento aliado de Alemania y administrador del territorio.
El contenido del acuerdo que dio lugar a la declaración de Balfour no fue nunca conocido, pero es fácil de suponer que, como consecuencia del mismo, el gobierno británico obtuvo, además de la simpatía del influyente colectivo judío, ventajas financieras en detrimento de Alemania.
Y es lo cierto que apenas un año después, el 11 de noviembre de 1918, Alemania firmaba el armisticio sin haber sido derrotada en el campo de batalla y cuando sus bonos, con los que financiaba la guerra, dejaron de venderse. Fue lo que los alemanes denominaron la “Puñalada por la espalda” (Dolchstoßlegende).
Las consecuencias de la declaración de Balfour fueron tres: el fortalecimiento del movimiento sionista fundado a finales del siglo XIX (estado judío en la tierra bíblica de Sion); el aumento de la tensión de británicos y judíos con los árabes, que mayoritariamente habitaban la zona; y el incremento del antisemitismo en Alemania que, instrumentado por el nacionalismo, daría lugar al genocidio nazi.
La tensión con la población árabe propició la constitución en 1920 de la Haganá, un organismo paramilitar de defensa que es el origen del actual ejército de Israel, las FDI.
La Haganá se ocupaba, con independencia de la aplicación de la jurisdicción británica, de los delitos que se cometían contra los judíos, aplicando a sus autores su particular castigo que, por ejemplo, implicaba la castración del árabe que violara a una mujer judía y la quema o tala de sus propiedades a los autores de robos a judíos. Muchos de los actuales judíos españoles son hijos y nietos de hombres y mujeres de la Haganá.
La Comisión Peel y el Libro Blanco
La tensión entre los árabes y los británicos generada por la declaración de Balfour desembocó entre 1936 y 1939 en la llamada Revuelta Árabe, que se saldó con centenares de británicos y judíos muertos y más de cinco mil árabes fallecidos. Fruto de aquel conflicto se elaboraron dos propuestas para resolverlo: una, la llamada Comisión Peel (1937), que recomendaba la partición de Palestina en dos Estados, y finalmente el Libro Blanco (1939), que proponía un único Estado palestino, pero incorporando a los judíos.
Esta última propuesta modificaba la postura inicial y así se justificaba en el informe:
“Por consiguiente, el Gobierno de Su Majestad declara ahora de forma inequívoca que no forma parte de su política que Palestina se convierta en un Estado judío. A decir verdad, consideraría contrario a sus obligaciones con los árabes bajo el Mandato, así como a las garantías dadas al pueblo árabe en el pasado, que los habitantes árabes de Palestina acaben convertidos en súbditos de un Estado judío en contra de su voluntad.”
Haj Amin al-Husseini, presidente del Consejo Supremo Musulmán, rechazó ambos planteamientos, lo que convirtió el conflicto entre árabes e israelíes en irresoluble por la vía del diálogo. Los palestinos, y los árabes en general, no admitían en la zona no ya un Estado sino la propia existencia del pueblo judío. La guerra, para la que el pueblo judío estaba mucho mejor preparado, resultó a partir de aquel momento la inevitable solución.
La Resolución 181 de la ONU y la Guerra de la Independencia
El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea de la ONU, en su Resolución 181, aprobó la declaración de dos Estados para palestinos e israelíes, con Jerusalén como capital compartida bajo régimen internacional, y esa guerra comenzó.
La Haganá contaba con unos 35.000 combatientes y otros 27.000 más que acababan de regresar de su servicio en el ejército británico en la Segunda Guerra Mundial. El 10 de marzo de 1948 —tres meses después de la resolución de la ONU— sus comandantes se reunieron en Tel Aviv para planificar el plan Tochnit Dalet de ocupación y ampliación del territorio del nuevo Estado judío, que incluía dos operaciones militares con nombres muy significativos: Matateb (Escoba) y Biur Chametz (Limpieza de Pascua). Estas implicaron que, tras violentos combates y algunas matanzas mutuas, entre 250.000 y 350.000 palestinos huyeran o fueran expulsados de sus hogares.
El 14 de mayo de 1948 los británicos abandonaron definitivamente Palestina y el Estado judío ya tenía en ese momento un 23% más de territorio que el otorgado hacía poco más de cinco meses. Se habían desalojado 224 asentamientos árabes e incorporado a territorio de Israel Galilea Occidental y gran parte del Néguev.
Hubo poblaciones árabes que, por razones de relación laboral continuada y pacífica con los judíos, como Jisr Al-Zarka y Faradis, no sufrieron ataque alguno, y también la población cercana a Jerusalén de Abu Ghosh, cuyos habitantes se habían integrado completamente y desde siempre con el pueblo judío, incluso colaborando con la Haganá. Drusos y cristianos no sufrieron ataques y se convirtieron en ciudadanos del nuevo Estado.
De las once ciudades principales de población árabe, cinco quedaron completamente vacías: Safed, Majdal, Tiberíades, Beit Shehan y Beerseba. Practicamente lo mismo ocurrió en los pueblos de tamaño medio como Jaffa, Haifa, Lod, Ramla y Acre, de los que huyeron los comerciantes más prósperos y el núcleo intelectual de la sociedad palestina, quedándose únicamente aldeanos y trabajadores del campo analfabetos y ya con un único periódico activo en árabe: el comunista Al-Ittibad.
El resultado final del conflicto interno y de la breve y frustrada intervención militar de los países vecinos (Egipto, Irak, Jordania y Siria) fueron 13.000 palestinos muertos, 1.400 iraquíes y jordanos y, entre los israelíes, 4.000 soldados y 2.400 civiles fallecidos.
Para los palestinos se había consumado la “Nakba” o Catástrofe, exiliándose las élites intelectuales y económicas en Egipto, Jordania y Siria, y el resto mayoritariamente en Cisjordania, bajo jurisdicción jordana, y en Gaza, bajo la egipcia. El éxodo, además de los efectos políticos, intelectuales y económicos, ya en 1951 era demográfico, siendo en esa fecha, por primera vez en Palestina, mayoritaria la población judía.
La Guerra de los Seis Días
En 1967, la llamada Guerra de los Seis Días volvió a cambiar la vida de los palestinos al ocupar Israel tanto Gaza como Cisjordania. Tras esta guerra, además de controlar Gaza y Cisjordania, Israel incrementó su territorio con los Altos del Golán a costa de Siria y la península del Sinaí a costa de Egipto, en un total de 90.000 kilómetros cuadrados, triplicando su superficie inicial.
Tres años después, en 1970, los palestinos que habían huido a Jordania y montado allí sus bases terroristas dirigidas entonces por Yaser Arafat fueron expulsados también de este país por el rey Hussein en el llamado Septiembre Negro, resultando muertos unos 5.000 palestinos y unos 500 soldados jordanos en los combates.
En 1975 estos grupos palestinos —compuestos por varios cientos de miles de personas y organizaciones terroristas— que, tras la expulsión de Jordania, se habían instalado en el Líbano, dieron lugar allí a una nueva guerra civil que terminó en 1989 con los Acuerdos de Taif. En ellos consolidaron su poder creando, junto con otros grupos, la facción Hezbolá, que continúa hostigando a Israel desde el Líbano y dio lugar a los conflictos con este país en 1982 y 2006, que lo empobrecieron por completo.
En 1990, en los llamados Acuerdos de Oslo, se concedió la autonomía —bajo control de Israel— tanto a Gaza como a Cisjordania, abandonándose a su suerte el primero de esos territorios en 2005.
La aparición de Hamás
El resultado del abandono de Gaza fue que un grupo terrorista, Hamás, financiado y armado por Irán y totalmente radicalizado, se hizo con el poder y desarrolló toda una infraestructura militar en el interior de las poblaciones y en su subsuelo para combatir a Israel.
Y así llegamos al 7 de octubre de 2023, la peor masacre sufrida por el pueblo judío desde la Segunda Guerra Mundial.
La guerra del 7 de octubre de 2023
Lo primero que hay que decir es que el principal responsable de las consecuencias de una guerra es quien la inicia. Tal aseveración de sentido común no exime de responsabilidades en su respuesta a quien sufre la agresión, pero siempre aceptando la premisa inicial.
De la Segunda Guerra Mundial pueden ser discutibles el bombardeo de Dresde, que causó 30.000 muertos civiles, o los de Hiroshima y Nagasaki con más de 200.000, y por supuesto es reprobable y repugna la violación de cientos de miles de mujeres alemanas por los rusos a su entrada en Alemania. Pero de eso a pretender un juicio en un tribunal penal por esos hechos contra Churchill, Truman o Stalin hay una distancia insalvable en la que se interpone la decisión culpable de un solo hombre: Hitler.
El responsable de lo que hoy le ocurre al pueblo palestino en Gaza, con independencia de cualesquiera otras responsabilidades, es únicamente uno: el grupo terrorista Hamás.
Y no únicamente es responsable ese grupo por haber iniciado la guerra, sino también por su forma de desarrollarla: combatiendo en y bajo las edificaciones civiles, viviendas, escuelas y hospitales, y obligando en muchos casos a sus moradores a quedarse, incluso asesinándolos. Hay —y yo pude verlas— imágenes de niños enviados a salir corriendo de los inmuebles para que los disparos de los francotiradores permitan identificar su posición.
Hamás no solo utiliza a los civiles como escudo, sino que maneja los datos de muertos que se dan por ciertos desde la propia Gaza como arma política. Las FDI han reflejado documentalmente unos 17.000 combatientes de Hamás muertos que en todos los casos son identificados desde Gaza como civiles. Para Hamás la información es la única guerra que puede ganar, y lo intenta.
Israel, un país democrático, altamente desarrollado —con una renta per cápita prácticamente doble que la de España—, está en esta guerra que le fue impuesta haciendo lo que haría cualquier otro país civilizado del mundo. No se trata de ningún genocidio ni de eliminar a población civil alguna voluntariamente, para lo que hubiese necesitado únicamente un par de meses de bombardeo, sin necesidad de perder, como ha perdido, más de 900 soldados y otros cinco mil heridos. Esa es la realidad, y todo lo demás es manipulación política.
Epílogo
La guerra terminará con la destrucción de Hamás y, más o menos tarde, con la anexión de Cisjordania, que será el precio a pagar, una vez más en territorio, por los palestinos. Y que nadie lo dude no habrá Estado palestino porque, aunque hubo un momento en que fue posible —con la Comisión Peel y el Libro Blanco británicos—, los palestinos perdieron su oportunidad eligiendo la guerra y el exterminio de los judíos como camino para resolver el problema frente a un enemigo mucho mejor preparado y poderoso.
Hoy, ni intelectual, ni demográfica, ni económica, ni políticamente, es ya viable Estado palestino alguno.
Y con esta piedra en la tumba de su madre —militante de la Haganá— doy mi agradecimiento a Juan Carlos por la información facilitada sobre la lucha de su pueblo milenario.
Por Aquilino Meizoso Carballo
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