Lo que se está perpetrando en As Pontes no es una decisión técnica, ni una cuestión económica, ni siquiera un debate patrimonial. Es un acto deliberado de desprecio hacia la historia, una traición a la memoria colectiva de un pueblo que levantó con sudor y dignidad su identidad industrial. Y lo más grave: se hace disfrazado de progreso y bajo la hipocresía de un supuesto «interés común» que en realidad esconde el servilismo de unos pocos hacia los intereses de Endesa.

La chimenea de As Pontes no necesita defensa alguna: su valor simbólico, técnico e histórico está fuera de toda duda. Cualquiera con un mínimo de sentido común —o un mínimo de decencia— lo reconoce. Basta con mirar a Porto Tolle, un pequeño municipio italiano donde se conserva, con orgullo y visión, una chimenea de hormigón de 250 metros de altura. Aquí, mientras tanto, se machaca a la ciudadanía con argumentos amañados en artículos pagados por una prensa rendida, como el de hoy en La Voz de Galicia, donde nos hablan una vez mas de costes de conservación que no nos corresponden con tono alarmista, como si estuviésemos hablando de un capricho inútil y no de una joya patrimonial.

Y mientras nos distraen con las cuentas de la chimenea, nadie alza la voz por el despilfarro de 1.550.000 euros en “pintar” una rotopala comprada por 300.000 euros. ¿Dónde están ahora los defensores del “uso racional” de los recursos públicos?

Pero lo que resulta directamente insultante es ese cuento infantil de que el solar bajo la chimenea es el único viable para el futuro industrial del municipio. ¿De verdad creen que somos idiotas? ¿De verdad piensan que vamos a tragarnos esa patraña mientras Endesa maniobra para deshacerse de su responsabilidad —y de los 5.400.000 euros anuales que viene pagando en concepto de IBI— abandonando cualquier compromiso con As Pontes?

Esto no va de progreso. Va de rendición. Va de negocio. Va de entregar el alma del pueblo al mejor postor, y de paso, dinamitar su memoria.

Y no es que este tipo de agresiones al patrimonio no tengan precedentes. La historia está llena de ejemplos de errores monumentales cometidos en nombre del “avance”. Ahí está la célebre carta firmada en 1887 por trescientos intelectuales franceses contra la Torre Eiffel, a la que llamaban “monstruosa e inútil”. Se equivocaban, sí, pero lo hacían desde la honestidad intelectual. O el caso de Lugo, donde a finales del siglo XIX se planteó demoler las murallas romanas para no entorpecer el desarrollo ferroviario facilitando piedra de las propias murallas para su construcción. También allí la presión empresarial y política empujaba hacia la destrucción, pero al menos existía un debate razonable.

Incluso la Mezquita de Córdoba estuvo a punto de desaparecer por razones ideológicas. El cabildo quiso arrasarla para construir una nueva catedral. Fue el rechazo del pueblo —y la intervención del rey— lo que la salvó. Hoy es uno de los mayores tesoros del patrimonio mundial.

Pero lo que ocurre en As Pontes es todavía más infame. Aquí no hay motivaciones legítimas. Aquí hay trileros disfrazados de gestores. Aquí hay voceros disfrazados de periodistas. Aquí hay cómplices disfrazados de servidores públicos. Aquí se manipula, se desinforma y se entrega el patrimonio de todos a una empresa que, sencillamente, no quiere gastar ni un céntimo en conservar lo que durante mas de cuatro décadas fue su motor de riqueza.

No cuenten con mi silencio. Ni con mi resignación.

Los que prostituyen el periodismo para sembrar confusión. Los que usan las instituciones sindicales o empresariales para pactar la demolición de nuestra historia. Los que venden su dignidad por un plato de lentejas industriales.

Que no esperen el castigo. Que esperen algo peor.

El desprecio eterno de su pueblo.

Y lo que es más implacable: el desprecio de la historia.