Esta madrugada Endesa ha comenzado el derribo del Parque de Carbones de As Pontes. Sin aviso social, sin consenso ciudadano y sin el más mínimo respeto por el patrimonio común, las máquinas han empezado a destruir los primeros arcos de una de las mayores obras de la ingeniería industrial del siglo XX.

Lo que hoy se demuele no es un simple resto del pasado: es el mayor espacio cubierto diáfano de España, el segundo del mundo, y un símbolo irrepetible de la historia industrial de Galicia. Su destrucción solo ha sido posible gracias a una licencia otorgada de forma precipitada por el gobierno municipal del PSOE, con Valentín González Formoso al frente, y con la complicidad activa —o la cobardía política— de la Xunta de Galicia.

No hablamos de progreso ni de transición ecológica. Hablamos de destrucción planificada, de incultura institucional y de una decisión política que condena a As Pontes a perder una oportunidad única de futuro. Mientras en Europa se recuperan y resignifican las grandes infraestructuras industriales como polos culturales, tecnológicos y económicos, aquí se opta por el camino más corto, más barato y más devastador: la piqueta y el silencio.

Este derribo es un acto de irresponsabilidad histórica. Es una agresión directa a la memoria colectiva, a la identidad de un pueblo y al derecho de las generaciones futuras a decidir qué hacer con su patrimonio. As Pontes no necesitaba ruinas ni escombros: necesitaba visión, valentía y respeto.

Hoy caen los primeros arcos. Mañana caerá la vergüenza de quienes lo hicieron posible.

Ha comenzado la barbarie.