El año anterior había vivido una experiencia inolvidable cazando el rebeco. Me había quedado dentro una llama encendida, un deseo profundo de regresar a aquellas montañas y medirme otra vez con ellas. Pero esta vez el ánimo no acompañaba. En febrero de 2025, un acontecimiento inesperado de índole personal, se llevó todas las ganas de volver a disfrutar. Pensé seriamente en dejarlo pasar.

Además, en octubre me había tocado un rececho de gama en Asturias, al que no podía renunciar, y volver en noviembre a por el rebeco parecía demasiado. Por respeto a los amigos de León, que tan bien me habían acogido el año anterior, los llamé en verano para decirles que probablemente no iría. Que no me encontraba con fuerzas. Que podían disponer del precinto y vendérselo a otro cazador.

La respuesta del presidente del coto me dejó sin palabras.

—Si no es para ti, no es para nadie. Este año no lo vendo.

Aquello me emocionó. En estos tiempos, no es fácil encontrar gente que anteponga la amistad, el respeto y la palabra dada al dinero. Sus palabras se quedaron conmigo como una deuda moral, pero también como una pequeña luz en medio de aquel año oscuro.

Pasaron los días, las semanas y los meses. Fui a Asturias a por la gama, pero la experiencia no terminó de llenarme. No porque faltase belleza, ni caza, ni emoción, sino porque no exigió ese sacrificio que uno busca cuando ama de verdad la montaña. No hubo esa lucha íntima contra el desnivel, el cansancio, el frío, la duda. No hubo esa sensación de conquistar algo que primero te ha puesto a prueba.

Y cada día, casi sin querer, miraba el calendario. El 15 de noviembre terminaba la temporada del rebeco.

Mientras tanto, seguía entrenando en el gimnasio como si fuera a ir. Quizá por costumbre. Quizá por orgullo. Quizá porque imaginar aquellas cumbres me ayudaba a levantar peso cuando el ánimo flaqueaba. Pensar en las montañas, en sus canales, en sus laderas imposibles y en el aire fino de las alturas me empujaba a seguir.

Con el paso de los meses, desde aquel febrero terrible, uno va recuperando algo. No se vuelve a ser el mismo, pero se aprende a caminar de otra manera. La vida sigue. Distinta, sí, pero sigue. Y precisamente por eso comprendí algo con más fuerza que nunca: hay que hacer lo que uno desea mientras pueda hacerlo, porque en cualquier momento se puede dejar de poder.

A falta de una semana para cerrar la temporada, con la rabia contenida de dejar escapar la oportunidad, llamé al guía con el que había ido el año anterior. Lo hice casi sin pensarlo, como quien llama solo para saludar, pero en el fondo buscando una señal. Me dijo que la semana anterior había tenido varios rebecos localizados, aunque otros clientes ya los habían cobrado. Aun así, en su coto todavía quedaban algunos reservados.

El día 15 era sábado, pero desde el martes 11 la previsión meteorológica era mala. Muy mala. Lluvia, viento y condiciones difíciles allí arriba, donde el tiempo no se consulta: se obedece. Si quería intentarlo, tendría que ser el domingo 9 y el lunes 10. Dos días. Una ventana estrecha. Una oportunidad antes de que la montaña cerrase sus puertas.

El problema era doble. En el coto de Jose cazaban ese fin de semana unos clientes madrileños, habituales de la zona. Si ellos terminaban pronto, yo podría entrar después, incluso solo, porque Jose tenía otros compromisos. Aquella posibilidad, lejos de frenarme, me encendió por dentro.

Ir solo.

Enfrentarme sin más ayuda que mis piernas, mis prismáticos, mi intuición y mi cabeza a la alta montaña.

Aquello ya no era solo una cacería. Era un reto. Una llamada.

Recordé que en un vídeo grabado en aquella zona habían encontrado excrementos de oso. Pero no sentí miedo. Sentí respeto. Allí arriba todo impone respeto: la roca, el viento, la niebla, los animales que ves y los que no ves. Y, aun así, la decisión estaba tomada.

Quien tiene la caza como una de sus principales fuentes de vida no puede ignorar una llamada así.

Hice las maletas deprisa, reservé hotel y salí con el beneplácito de mi paciente esposa y la preocupación de mis hijas. Ellas, con su mirada, hicieron que abandonase casa con el corazón encogido y esa duda eterna de si uno está haciendo lo correcto cuando se marcha hacia la montaña.

El navegador me llevó por la AP-66. El viaje fue bueno. El paisaje, precioso. La autopista ya estaba abierta tras el desprendimiento del año anterior cerca de Pola de Lena. Pero al dejarla atrás comenzó otra historia: carretera secundaria, estrecha, retorcida, oscura. Los últimos kilómetros los hice de noche, con la fatiga acumulada y la sensación de adentrarme en un territorio cada vez más apartado.

Llegué al hotel, hice el check-in, dejé las maletas y salí hacia Villamanín para cenar, porque allí no daban cenas. Como no podía ser de otra forma, acabé en el Restaurante Ezequiel: cecina de primero y bistec de segundo. Había que cargar el cuerpo para lo que venía.

Después, otros veinte minutos de regreso por aquella carretera mala, negra y solitaria.

Domingo 9

Dormí bastante bien. El hotel estaba casi vacío. Creo que solo había otro cazador y yo. El dueño ni siquiera dormía allí; me dejó una llave para cerrar si quería entrar o salir.

La idea inicial era ir al coto de Jose. Los madrileños no habían conseguido cazar y volverían el domingo hasta media mañana, antes de emprender regreso a Madrid.

No madrugué demasiado, porque hasta que ellos saliesen del coto yo poco podía hacer, salvo moverme en coche, mirar laderas, estudiar entradas y esperar. Desayuné en el bar del hotel, me preparé con calma y salí hacia la zona. Mi intención era estar listo para entrar en cuanto Jose me diera permiso.

Pasé horas oteando con prismáticos y telescopio. Miré de frente, desde los laterales, desde otras carreteras. Revisé cada ladera con esa mezcla de paciencia y ansiedad que solo conoce quien busca un animal de alta montaña. Pero nada. Ni una sombra. Ni un movimiento. Ni una silueta recortada en la roca.

Las horas pasaban y Jose no llamaba. Viendo que se acercaba la hora de comer, llamé a Ángel para saludarlo y contarle la situación. Me dijo que, al ser domingo, en su coto cazaban las perdices y no quería molestar a otros cazadores si íbamos al rebeco. Aun así, quedó en llamarme.

Lo hizo al poco rato. Había hablado con los perdiceros. No habían visto nada y ya se marchaban. Podía ir a su casa, dejar allí mi coche y subir con él en su 4×4.

Yo había comido algo en el coche, pero la mujer de Ángel, con esa generosidad de la gente de pueblo que no se anuncia, pero se demuestra, metió en la mochila dos bocadillos pensando que estaría sin comer. Son detalles que no se olvidan.

Y allá nos fuimos.

Como el año anterior, pusimos rumbo a la peña grande, aunque esta vez subimos más por el este, por la derecha de la peña. Ascendimos rápido. En el camino vimos un zorro enorme. Ángel comentó que seguramente vivía de las perdices que tanto le gustaba cazar allí.

Llegamos a la zona desde donde se divisa la cara norte. Después recorrimos la cima hasta el punto más oriental, donde el año anterior habíamos visto a los rebecos. Pero no vimos ni uno solo. Nada. La montaña parecía vacía, cerrada, muda.

Regresamos al coche con la idea de volver a intentarlo al día siguiente por la mañana.

La previsión era buena: no haría mucho frío, no habría viento y solo se anunciaba niebla. Pero, al no haber viento, pensábamos que la niebla se quedaría en el valle y no alcanzaría las cimas.

Al recoger mi coche en casa de Ángel, me obligó a llevarme el bocadillo que no había comido. Dijo que, si no, su mujer se enfadaría. Me lo llevé al hotel y me sirvió de cena.

Antes de regresar, decidí dar una vuelta por la carretera que circunda la montaña. Paré en un punto desde donde se domina la ladera norte. Llevaba conmigo un visor térmico y, como ya era de noche, la montaña se mostraba de otra forma. Lo invisible para los ojos aparecía en la oscuridad como una revelación.

Entonces los vi.

Una cabrada, claramente, muy cerca de donde habíamos estado. Y, algo más apartado, lo que con toda seguridad era un macho solitario.

Habíamos revisado aquella zona por la tarde, pero estaba llena de salientes, repisas y recovecos. Una fortaleza natural perfecta para desaparecer.

Aquella imagen me encendió por completo. El rebeco estaba allí. No era una suposición. No era una esperanza. Era una certeza.

El día siguiente prometía.

Lunes 10

Dormí relativamente bien, aunque con esa tensión previa a las grandes jornadas. Había quedado con Ángel a las siete de la mañana, pero quise pasar antes por el mismo punto desde el que la noche anterior había observado la ladera con el visor térmico (prohibido en Castilla y León pero solamente en acción de caza).

Y allí estaban otra vez.

La cabrada permanecía en la misma vertiente, dividida en dos grupos de unos cinco rebecos cada uno. Algo más apartado, pero cerca, se movía un ejemplar solitario. No había duda: aquel era el macho que debíamos buscar.

Dejé el coche en el garaje de Ángel, quién traía de nuevo dos bocadillos enormes que le había preparado su mujer. Bocadillos de esos que parecen pensados para cruzar cordilleras.

Le expliqué dónde había visto los rebecos y salimos con su 4×4 hasta el mismo punto del día anterior.

Comenzamos la ascensión.

La mañana era perfecta. No se movía una hoja. Ni una ráfaga. Ni un soplo. A media ladera se veía el valle cubierto por algunas nubes bajas, la niebla que anunciaban los meteorólogos, pero arriba el cielo estaba limpio. La montaña parecía concedernos paso.

La subida se me hizo cortísima. Saber que los rebecos estaban allí, saber que había un macho vigilando su cabrada en plena época de celo, me empujaba como si una fuerza invisible tirase de mí hacia la cumbre. Subía ligero, decidido, casi con rabia. Esta vez era yo quien marcaba el ritmo y tiraba de Ángel.

El plan era alcanzar el punto más alto, sobrepasarlo y barrer desde allí la ladera opuesta. Localizaríamos los rebecos y diseñaríamos la entrada con calma. En la alta montaña, la prisa se paga cara. Pero aquel día yo sentía que todo estaba alineado.

Hasta que la montaña decidió cambiar las reglas.

Al llegar cerca de la cima, con los primeros rayos de sol, las nubes que dormían pegadas al fondo del valle comenzaron a levantarse. Las vi ascender lentamente por las laderas, como un ejército silencioso. No me gustó nada.

Seguimos subiendo. Primero fueron jirones sueltos. Después manchas blancas alrededor. Luego una cortina cada vez más espesa. Sin viento que la empujase, la niebla trepaba animada por el cambio de temperatura, invadiéndolo todo con una paciencia implacable.

Cuando coronamos, a solo unos 300 metros del punto desde el que podríamos ver la ladera norte, la niebla se cerró de golpe.

La visibilidad cayó a menos de cincuenta metros.

El mundo desapareció.

Avanzamos hasta una especie de cueva donde habíamos estado el día anterior, un punto perfecto para localizar los animales. Pero ya no había laderas, ni canales, ni peñas, ni horizonte. Solo blanco. Un blanco denso, húmedo, absoluto. La montaña nos había dejado entrar, nos había permitido subir, nos había llevado hasta la puerta… y allí nos la cerró en la cara.

Enseguida comprendí que la cacería estaba sentenciada.

La previsión anunciaba niebla para todo el día. Sin viento, nada la movería. No habría claros, ni ventanas, ni esos segundos milagrosos en los que la montaña levanta el velo. Esperamos casi una hora, atentos a cualquier sombra, a cualquier movimiento, a cualquier posibilidad. Pero nada.

El rebeco estaba allí. Lo sabíamos. Tal vez a unos cientos de metros. Tal vez observándonos desde una repisa invisible. Tal vez inmóvil, fundido con la roca y protegido por aquella niebla que parecía haber subido solo para él.

Habíamos vencido el cansancio, la duda, la pereza y la distancia. Habíamos subido con fuerza, con fe y con el corazón puesto en la cima. Pero en la alta montaña no basta con querer. Allí manda ella.

Le dije a Ángel que era mejor asumirlo. Bajar. Volver pronto a casa. Aprovechar el día y ahorrarme también el dinero del precinto. No tenía sentido seguir peleando contra una pared blanca.

Regresamos por el lado este de la montaña. Ángel me enseñó un enorme agujero entre las rocas, un pozo natural que parecía sacado de otro tiempo, de esos lugares donde uno imagina a los hombres primitivos acorralando animales salvajes para hacerlos caer y abatirlos después.

La bajada fue lenta. Tranquila. Pesada. Descendimos cabizbajos, hablando poco. Nos habíamos dado una buena paliza subiendo y, por cuestión de unos minutos, solo unos minutos, no habíamos podido verlos.

Más tarde, Jose me llamó al enterarse de lo ocurrido. La niebla seguía allí por la tarde. La decisión de bajar había sido acertada. Él aún contaba con llevarme al día siguiente a su coto o a otro, aunque anunciaban lluvia y viento. Pero yo ya había decidido volver.

A veces se caza sin matar.

A veces la montaña no entrega el trofeo, pero sí la enseñanza.

El rebeco estaba allí. Lo había visto la noche anterior. Lo había localizado de madrugada. Lo sentía cerca, escondido en aquella ladera de roca, celo y silencio. Pero cuando llegamos, la niebla lo convirtió en leyenda.

 

AUTOR: J.A.L.S.