Una jornada en las sierras del sur, dos disparos y un desenlace tan inesperado como difícil de olvidar

Vaya por delante que el título de esta serie, Caza de alta montaña, quizá le quede grande a la aventura que voy a contar. La expresión suele evocar esfuerzo, sacrificio, paciencia, mal tiempo y largas ascensiones. Esta vez, aunque la acción transcurrió en unas montañas del sur de la península ibérica, a unos 1.200 metros de altitud media, el reto no estuvo tanto en conquistar las cumbres como en afrontar una sucesión de incertidumbres que desembocó en un final insólito.

Todo comenzó durante unos días de vacaciones en el sur de España. Sonó el teléfono y, al ver en la pantalla el nombre del director del club que gestiona los sorteos en las reservas de caza, sentí un vuelco en el corazón.

—¡Hola! Dime.

Él fue directo al asunto:

—Te ha tocado un muflón.

La alegría fue enorme. Solo unos meses antes había resultado agraciado con una cacería en Asturias y ahora la fortuna volvía a sonreírme, esta vez en una reserva cuyo nombre prefiero omitir por razones que se entenderán al final del relato.

Tenía muchas ganas de cazar un muflón. Siempre me había atraído la belleza de su trofeo y había leído mucho sobre la dificultad de su rececho: en cuanto detecta la presencia humana, huye sin conceder apenas tiempo para preparar el disparo. También se dice que es un animal duro, capaz de encajar bien los tiros, de modo que la colocación de la bala resulta decisiva.

A esa dificultad se añadía otra: en las reservas naturales no se permite utilizar munición de plomo, y no abundan las alternativas que ofrezcan un rendimiento convincente. Comencé a buscar, comparar y probar distintas cargas: agrupación, resistencia al viento, comportamiento a larga distancia… Finalmente encontré una que funcionaba incluso mejor que mi munición convencional: la Norma EvoStrike de 96 grains.

A muchos cazadores les sorprenderá un peso tan bajo para un animal de tamaño medio y acreditada resistencia como el muflón, sobre todo cuando en un .270 Winchester suelen emplearse proyectiles de 130 grains. Sin embargo, después de estudiar cuanto pude encontrar sobre aquella bala, llegué convencido de que era la opción adecuada. Puse el rifle a tiro con un cero a 200 metros, pues esperaba disparos largos, y probé la munición durante una espera nocturna sobre un jabalí de unos cien kilos. El resultado fue plenamente satisfactorio, aunque esa es otra historia.

Un permiso muy disputado

Cada comunidad autónoma tiene su propio sistema de adjudicación. En esta de la que hablamos, se ofrecen lotes de distintas especies y zonas, cada uno con un precio fijado de antemano. El cazador elige una sola opción y abona una señal, que se descuenta del importe si resulta agraciado y se devuelve en caso contrario.

Yo había solicitado un permiso de «muflón selectivo con opción a mejora». Se ofertaban once y pensé que, al no tratarse en principio de ejemplares de medalla, no habría demasiados interesados. Deposité la señal. Cuando se publicaron las actas descubrí que más de doscientos cazadores se habían inscrito en el mismo lote. Un número elegido al azar y los diez siguientes determinaron a los afortunados. El mío estaba entre ellos.

Aboné entonces la cantidad restante. Al comprobar que un precinto equivalente había alcanzado los 900 euros en subasta pública, todavía me sentí más afortunado ya que a mí me había salido por menos de la mitad.

Llegó el otoño y nadie se ponía en contacto conmigo. Yo deseaba organizar el viaje, conocer la zona exacta, buscar alojamiento y estudiar posibles visitas por los alrededores. Después de varias llamadas conseguí hablar con el guarda mayor. Me explicó que el guarda asignado no me llamaría hasta un mes antes, aunque me adelantó la que, con bastante seguridad, sería nuestra zona de caza.

Pasaron las semanas. Cuando por fin concertamos la fecha, supe que tendría que ser en marzo o abril del siguiente año, nunca en fin de semana ni durante la Semana Santa, debido a la afluencia de turistas. Como en un principio esperaba viajar con mi familia, escogí el lunes inmediatamente posterior a las vacaciones: podríamos aprovechar los días anteriores y, llegado el momento de cazar, los senderos estarían más tranquilos.

Una carrera contra la espalda

En enero, sin embargo, los problemas de espalda que arrastraba durante el invierno empeoraron hasta hacerme perder la sensibilidad de un pie. Por un momento creí que se había acabado todo: que nunca volvería a caminar por el monte y mucho menos a subir una montaña.

Consulté a un reconocido neurocirujano, que quiso operarme a la semana siguiente. Pero yo recordaba que el ejercicio me había ayudado a superar una crisis parecida cinco años atrás. Con tesón —y con la cacería como horizonte— empecé a nadar y a realizar ejercicios específicos. Poco a poco fui mejorando hasta recuperarme casi por completo.

A un mes de la cita me encontraba ya bastante bien. Llamé de nuevo y recibí una noticia desconcertante: la zona que me habían indicado era errónea y tendría que desplazarme a otra. Después de pasar horas estudiando hoteles y distancias, tocaba empezar de cero. Por suerte aún no había reservado nada. El guarda me aseguró que no debía preocuparme por el esfuerzo físico, pues adaptaban la jornada a las condiciones de cada cazador, y quedó en hablar conmigo dos días antes.

Finalmente tuve que viajar solo. Con dos semanas de margen encontré un hotel estupendo, cercano al cazadero, e impregnado de ese ambiente cinegético que añade un sabor especial a la experiencia.

El trayecto duraba unas diez horas y temía que castigase mi espalda, así que lo dividí en dos etapas. La decisión me permitió llegar de día al destino, algo que agradecí especialmente durante los últimos quince kilómetros: una carretera estrecha, sinuosa y atestada de autocaravanas.

Como el guarda no había llamado, lo hice yo la víspera. Era hombre de pocas palabras. Apenas concretó que pasaría a buscarme a las siete de la mañana.

Poco antes de llegar al hotel, una cabra montés joven se cruzó ante el coche en mitad de una curva. Aquella aparición bastó para disparar mi ánimo: esto prometía.

Después de instalarme aún tuve tiempo de relajarme en el spa. Más tarde, mientras esperaba a que abriera la cocina, pedí una cerveza en la terraza y me sirvieron una Estrella Galicia. Tras tantas horas de viaje y el calor del día, me supo a gloria. En el comedor, varios trofeos de muflón, gamo y ciervo presidían las paredes mientras yo daba cuenta de un excelente chuletón de vaca gallega. Me sentía como en casa.

Subí pronto a la habitación, dejé preparada la ropa y me acosté. Dormí razonablemente bien para ser víspera de cacería. Desayuné en el cuarto: con los años uno aprende que, a las horas en que salimos al monte, los bares de los hoteles suelen estar cerrados. Un par de batidos de chocolate en lugar de café, unas magdalenas y algún plátano resolvieron el trámite sin necesidad de preparar ni calentar nada.

Un rececho sobre ruedas

A las siete en punto llegó el guarda. Tras las presentaciones, cargué los bártulos en su pick-up. Le pregunté si estaba permitido llevar prismáticos térmicos. No respondió con claridad; se limitó a decir:

—Mételos también.

Cinco kilómetros después nos internábamos ya en la reserva. Abandonamos el asfalto y tomamos la red de pistas de tierra que recorre la sierra. El paisaje era uniforme: montes sin grandes picos, cubiertos de pinos y casi sin sotobosque, salvo algunos claros de brezo bajo y roca caliza.

Como aún no conocía el plan, pregunté si llegaríamos en coche hasta algún punto para continuar a pie o si iríamos cambiando de localización. Después de contarme sus problemas de salud y su bajo estado de ánimo, el guarda fue al fin concreto: recorreríamos las pistas, haríamos asomadas desde el vehículo y, de vez en cuando, pararíamos para acercarnos a pie.

Los primeros minutos resultaron muy entretenidos. Amanecía y comenzaron a aparecer animales: dos impresionantes machos monteses, numerosas hembras de gamo y muflón, un jabalí con buena boca, ciervos y zorros. Estos últimos, acostumbrados a los visitantes, esperaban junto a las pistas con expresión pedigüeña. Pero de muflones macho, ni rastro.

Hicimos un par de paradas y caminamos por un sendero estrecho hasta una colina caliza. El lugar ofrecía un tiradero hermoso y despejado, pero solo encontramos tres hembras.

Continuamos con más luz, siempre por pistas sinuosas y salpicadas de baches. Las lluvias del invierno habían causado tantos daños que ni siquiera era posible alcanzar algunas de las cumbres donde se recechaban cabras monteses.

En otra parada avanzamos entre los pinos y descubrimos un macho inmóvil, observándonos a unos cien metros. El guarda lo descartó enseguida: era demasiado joven y su trofeo, muy pequeño.

 

Poco después concentró la mirada en un punto concreto. Como no decía nada, tuve que preguntarle qué había visto.

—Tres hembras de muflón.

Me indicó el lugar y conseguí localizarlas. Se movían de una forma extraña, nerviosas, dando vueltas muy juntas sobre unas rocas. Entre ellas distinguí una mancha de un blanco poco natural. Era una piedra de sal. Al comentárselo, comprendí por qué nos acercábamos a pie precisamente a determinados lugares. El guarda reconoció que la semana anterior había colocado varias piedras por el cazadero para atraer a los animales.

La falta de comunicación empezaba a resultar incómoda. Cada dato había que arrancárselo a base de preguntas.

El macho del camino

Hacia las diez de la mañana encontramos un muflón pastando la hierba fresca en mitad de una pista, a unos cincuenta metros. Apenas prestó atención al vehículo. Desde dentro parecía lucir un trofeo bastante bueno; lo estudié con los prismáticos y, por mí, habría sido suficiente. Empezaba a acusar tantas horas de coche y, si terminábamos pronto, incluso podría iniciar el regreso aquel mismo día.

El guarda insistió en que no disparase. Aún teníamos el resto de la jornada y el día siguiente, y aseguraba que en la reserva había ejemplares mejores. Me convenció, aunque quise bajar para observarlo con más calma. En cuanto se apagó el motor y abrí la puerta, el muflón dio un salto y desapareció entre los árboles como si lo hubiese picado un tábano. Había aprendido a tolerar los coches de los turistas, pero no a las personas que descendían de ellos.

Seguimos recorriendo aquellas pistas, cada vez más monótonas e interminables. Alrededor del mediodía, cuando el sol empezó a apretar, el guarda decidió suspender la cacería hasta la tarde. La noticia me sorprendió: yo llevaba provisiones porque esperaba comer en el monte. Según explicó, los muflones eran antepasados de las ovejas y actúan como ellas, una vez encamados, podían no levantarse hasta la noche.

Me dejó en el hotel. Aproveché para acercarme al pueblo, situado a unos tres kilómetros, comprar algún recuerdo y productos de la zona. Después regresé, comí y descansé hasta que, a las cinco, el guarda volvió a recogerme.

El plan de la tarde fue idéntico: las mismas pistas, la misma estrategia y otro castigo para mi espalda. A medida que el sol descendía aparecieron algunos ciervos, cabras monteses y, sobre todo, hembras de gamo y alguna de muflón.

Dos disparos en el viso

De pronto, el guarda detuvo el vehículo.

—¡Allí arriba, en el viso!

Los animales estaban de mi lado. A simple vista distinguí tres muflones, aunque a una distancia considerable. Bajé enseguida para coger el rifle.

—Tranquilo, tranquilo. Apóyate en el coche —me dijo.

Desplegué el bípode y ajusté el visor. Apenas fueron unos segundos, pero en una situación así cada instante parece eterno: sabía que los muflones no esperarían mucho.

—El que está de lado, mirando hacia nosotros. ¡Tírale a ese, que vale!

Solo había uno en esa postura; no parecía posible equivocarse. Aumenté la imagen del visor. Allí estaba, parcialmente oculto por una rama de pino que le cubría dos tercios del cuerpo, aunque dejaba libre la zona vital.

Necesitaba conocer la distancia exacta. El animal se encontraba en lo alto de una ladera muy empinada y el ángulo podía engañar. Pero el telémetro se había quedado dentro de la mochila, en el asiento trasero, y no había tiempo para recuperarlo. Pregunté al guarda.

—Unos trescientos metros.

Con aquella pendiente, calculé que la distancia compensada sería bastante menor. Corregí el punto de impacto, quité el seguro, monté el pelo del gatillo y disparé.

Por fortuna no perdí la imagen en el visor. Vi al muflón girarse y correr con la cabeza baja y un gesto extraño en una pata delantera, hasta desaparecer tras la maleza.

—¡Más a la izquierda! Está parado, mirando hacia nosotros. ¡Repite!

Lo localicé de nuevo en una postura semejante, pero orientado en sentido contrario. Disparé por segunda vez. El animal emprendió una carrera monte abajo y se perdió entre la vegetación.

La decepción fue inmediata. Después de tantas horas de coche y de todo lo que había entrenado a aquella distancia, no era el desenlace que esperaba. Pregunté al guarda si creía que había acertado. Su expresión habló antes que él: torció la boca y dijo que le parecía que no.

Se hizo un silencio espeso. Pensé en el pequeño golpe que había recibido el rifle al meterlo en el maletero la víspera. ¿Se habría movido el visor? No había tenido ocasión de comprobarlo.

—Habrá que subir a mirar —dijo el guarda, sin demasiado entusiasmo.

—No te preocupes. Ya voy yo.

Ascendí como si corriera los cien metros lisos. Me faltaba el aire, pero más me faltaba llegar al lugar del primer disparo y comprender qué había ocurrido. Me orienté por la rama de pino que había ocupado parte del visor y empecé a buscar sangre, brezos aplastados, ramas partidas o cualquier otro indicio.

Entonces, a unos veinte metros, vi al muflón tendido panza arriba.

La alegría me desbordó. Había llegado a creer que lo había fallado y perdido. Grité para avisar al guarda y, ya más tranquilo, me acerqué al animal. Hice las fotografías de rigor y lo observé con detenimiento: nunca había tocado un muflón. Me sorprendió especialmente su capa. A simple vista parece pelo, como el de un corzo, pero al tacto es auténtica lana, igual que la de las ovejas.

El desenlace inesperado

El guarda comenzó a subir por un camino más largo pero menos empinado. Cuando estaba cerca, reparé en una gran mancha de roca caliza blanca junto a sus pies. Reconocí el lugar: allí se encontraba el animal al que había dirigido el segundo disparo. Algo no encajaba. Tras el tiro yo lo había visto huir hacia la izquierda, monte abajo, no hacia la derecha y cuesta arriba, donde acababa de encontrar el muflón.

—Oye, ¿no fue ahí donde hice el segundo disparo?

El guarda miró al suelo y después a su alrededor. De pronto se llevó las manos a la cabeza.

—¡Hay otro muerto allí abajo! ¡Hay otro muflón allí abajo!

La explicación era tan sencilla como increíble: no había disparado dos veces sobre el mismo ejemplar, sino una vez sobre cada uno de dos machos casi idénticos. Ambos tiros habían alcanzado su sitio y los dos animales habían caído a unos veinte metros del punto de impacto.

El guarda se quedó perplejo. Tenía la cara roja, tanto por el esfuerzo de la subida como por la vergüenza que estaba pasando. Evitar una confusión así formaba parte de su responsabilidad, aunque cualquiera puede cometer un error y, a aquella distancia, con los animales moviéndose entre la vegetación, distinguir dos ejemplares tan parecidos no era nada sencillo.

Intenté tranquilizarlo. Evidentemente no pude traerme los dos trofeos, pero por lo menos me dejó traer el más grande.

Más tarde reconoció que se había puesto nervioso al verme desplegar el bípode, ajustar los aumentos y preguntar por la distancia. Pensó que, mientras preparaba tantas cosas, el muflón escaparía. También admitió que al principio me había tomado por un cazador muy equipado pero poco resolutivo. Sin embargo, el gallego lo dejó en evidencia.

El trofeo elegido pasó finalmente de la categoría selectiva a la representativa y quedó cerca de la medalla de bronce. Tuve que abonar unos 220 euros adicionales, que pagué de buen grado.

Volví a casa con un buen muflón y una experiencia irrepetible, aunque no exactamente por las razones que había soñado. Aquel día confirmé que, en la caza, la preparación es imprescindible, pero nunca basta para dominar todas las variables. El monte siempre se guarda una última sorpresa. A veces es precisamente esa incertidumbre la que convierte una jornada corriente en una historia imposible de olvidar.

Por J.A.L.S.