Después de mi primera aventura con los rebecos e infectado del virus de su caza, aguardaba con ansiedad que el contacto y guía con el que había ido en el mes de mayo a cazar mis primeros rebecos, me llamase para poner día y volver al mismo coto a por otro rebeco que ya había contratado de palabra con el titular del coto.

Después de un verano en el que apenas hice ejercicio físico, retomé los entrenamientos en septiembre, con muchas ganas, pensando en los primeros días de octubre, pues me había dicho el guía que eran los mejores para buscar un buen macho, al ser la época del celo.

Pero pasaban los días y no me llamaba. Cuando decido hacerlo yo, recibo la desagradable noticia de que el rececho estaba en el aire, debido a que el titular del coto le daba prioridad a otros cazadores que no habían cazado. Aún así, pusimos como posible día de caza el 13 de noviembre, solo dos días antes del fin de temporada con la esperanza de tener finalmente la autorización del coto. Autorización que finalmente no llegó.

A solo seis días de acabar la temporada, confirmamos que no habría cacería en este coto. Me quedé muy desilusionado. Había ido tan bien la primera vez, que no me esperaba esto ahora. Aparte, que llevaba dos meses entrenando duro, especialmente el mes de octubre a pesar de ser un mes con mucho trabajo.

Descubrí las miserias que, según parece y como confirmaría más tarde, reinan en la gestión de los cotos de la zona.

Pero como ya tenía todo preparado y tantísimas ganas de ir, se me ocurrió buscar en internet, aunque con poca esperanza, alguna oferta de última hora, asumiendo que sería más cara.

De casualidad, y después de una gestión bastante rocambolesca, el domingo día 10, pude contratar un rececho prácticamente al lado de donde había ido en primavera. Más caro, pero a éxito, es decir, que, si cazas pagas y si no, solo asumes el coste del guía. Guía que, por cierto, también resultó excelente, no solo como cazador, sino como persona, y que también por casualidad, tiene familiares en As Pontes y vista la villa una vez al año.

Por cuestiones de agenda, solo podía ir el lunes y el martes. Jose, el guía, me dijo que adelante, que ya veríamos cómo nos organizábamos y a dónde íbamos pero que sí podía ir. Acordamos que me buscaría hospedaje y me enviaría la dirección.

Viendo las noticias, veo como un desprendimiento de un talud, cortó la autovía A66 a la altura de Pola de Lena, por lo que, si ya iba con el tiempo justo, ahora más, pues tendría que ir por la A6 hacia León.

El lunes por la mañana, rápidamente preparé el equipo y partí sin tener muy claro todavía hacia dónde me tenía que dirigir.

Las ansias por llegar apretaban inconscientemente el acelerador. En un momento me di cuenta que iba demasiado rápido. Nunca había llegado a esa velocidad. Rápidamente solté el acelerador, apreté bien el volante y pausadamente pisé el freno para reducir la velocidad. Lo que me esperaba era grandioso pero lo que dejaba atrás valía mucho más.

No fue hasta las 12 h cuando me enviaron la dirección del hostal. Era un pueblo distinto al comentado el día anterior por lo que tuve que recalcular la ruta y buscar nuevo restaurante para comer. La idea era parar sobre las 13 h para ir haciendo la digestión y partir a las 14:30 h hacia la montaña para aprovechar al máximo las horas de tarde.

Llevaba unos 30 minutos de adelanto a la hora prevista, por lo que me dio tiempo para parar a comer en un restaurante de carretera donde me atendieron rápidamente.

Al iniciar de nuevo la marcha, ya se empezaron a ver a lo lejos las montañas donde cazaría. Sentí como si se abriesen las nubes, las iluminase el sol y se produjese un silencio, aunque nada de eso estaba realmente ocurriendo.

No hace mucho tiempo, reflexionaba con nostalgia sobre estas emociones intensas que se tienen de niño y que con el paso de los años se van perdiendo. Al ver y conocer el mundo parece que ya nada te sorprende, pero al recuperar la afición a la caza las he vuelto a sentir.

Llegué en tiempo al hotel sobre las 14 h. de forma que a las 14:30 h ya estaba preparado.

Enseguida llegó Jose. Después de una rápida presentación, salimos en su 4×4 al coto. El tiempo apremiaba porque a las 18:30 h ya se hacía de noche. Al llegar recogimos a Ángel, directivo del coto donde cazaríamos, quien conoce perfectamente el terreno y había visto días atrás a dos rebecos buenos. Hacía años que no vendían precintos y yo era el primero en tener esta oportunidad.

En coche llegamos a las faldas de la montaña, a unos 1.300 m de altitud, estando su pico más alto a más de 1.700 metros.

Era una tarde soleada, agradable, a excepción de las zonas expuestas al viento del norte que soplaba con fuerza ese día (aunque mucho menos que el día siguiente).

Nada más bajarnos del coche, y mientras yo me preparaba, los dos guías enseguida divisaron una cabrada de rebecos en el viso, en el que se veía algún ejemplar bueno.

Entre las dos formas de hacer la entrada, de forma directa o rodeando la montaña, escogimos la segunda pues la directa parecía demasiado arriesgada por la alta probabilidad de que nos divisaran.

Comenzamos a subir por la cara sur. El terreno estaba limpio, pero era muy pedregoso y había que ir mirando constantemente al suelo para poner el pie en tierra y no tropezar con las piedras.

Los dos guías rondaban los 50 años, fueron mineros, uno tiene sobrepeso y el otro es fumador empedernido, pero aún, así, imponían un ritmo de subida que, aunque yo lo llevaba bien, era duro.

Una hora más tarde, llegando a la cima de la montaña, las vistas eran espectaculares. También veíamos pasar las nubes a mucha velocidad, de norte a sur. La tarde estaba soleada pero ese viento del norte traería más frío, lluvia y algo de nieve al día siguiente.

Por fin llegamos al alto desde donde deberíamos de ver a los rebecos. Pero allí ya no estaban. El viento soplaba mucho más fuerte. A pesar de que en la cima tomaba dirección Norte-Sur, en la ladera y sólo en ocasiones, venían ráfagas en dirección Oeste-Este, lo que pudo habernos delatado.

Una vez allí, seguimos por la cumbre en dirección Este, haciendo asomadas hacia la zona donde los habíamos visto pero sin resultado alguno.

Hay que comentar que esta montaña es una formación rocosa en la que sobresalen numerosas piedras hasta una altura de uno o dos metros, de forma que es difícil localizar a un rebeco entre ellas.

Pasamos cerca del pico más alto, pero las nubes que traía la nordesía, impedían ver la cumbre.

Seguimos la búsqueda, pero fue totalmente infructuosa por lo que decidimos regresar.

Justo cuando comenzábamos el descenso y ya con las últimas luces del día, hicimos un último barrido con los prismáticos. No sé si, por las ganas de ver un rebeco o por intuición, me fijé en una mancha negra que destacaba entre las piedras al tener detrás una gran roca blanquecina. Me quedé un momento observándolo fijamente hasta que por fin se movió. Era un hermoso rebeco! Grande, y con el característico pelaje negro que cubre su cuerpo en esta época del año.

Rápidamente uno de los guías montó su trípode para poder observarlo con el telescopio terrestre que traía y yo hice lo propio con mi modesto telescopio de solo 20 aumentos, pero peso liviano y que me dio mucho juego en esta cacería.

Confirmamos que era un buen macho y a pesar de que la noche se nos echaba encima y que la entrada que teníamos que hacerle no era del todo buena, decidimos ir a por él.

Como digo, tuvimos que ir frente a él, pero en línea recta por un terreno muy escarpado. La idea era quitar metros hasta llegar a una distancia máxima de 300 metros. Pero cuando estábamos llegando ya no lo vimos. Se había movido montaña abajo por lo que cancelamos la entrada y decepcionados, decidimos retomar el regreso al coche.

Anocheció enseguida, justo cuando volvimos a pasar por el punto donde habíamos divisado a este rebeco. La luna llena nos acompañó en el descenso, iluminando las rocas del camino para no tropezar con ellas, hasta que la total falta de luz, nos hizo utilizar el frontal y la linterna de los teléfonos móviles.

Llegando al hotel, Jose me propuso ir a tomar una cerveza. Yo estaba muy cansado después del viaje y toda la tarde caminando. Me apetecía ir al hotel a ducharme, cenar, y dormir, pero no tuve más remedio que aceptar.

Fuimos a tomar algo al bar del pueblo. Después del frío que pasé, pedí un vino. Más tarde fueron llegando vecinos y conocidos, también cazadores, con los que compartimos batallitas cinegéticas, pero a medida que iban llegando, había que tomar algo con cada uno de ellos.

El dueño del bar nos traía tapas para picar y una de ellas fue como él dijo “algo de monte”, setas con caza. Cuando lo vi, después de pasar toda la tarde en la montaña, sentí sensación de empacho, pero de verdad que al probarlo, sí estaba muy rico, y aproveché para tomar proteínas, consciente de que ya era lo único que cenaría.

Llegué al hotel cansadísimo. Me puse pijama y a la cama.

Autor: J.A.L.S.

 

Continuará…