DÍA 2 – Martes día 12 de noviembre de 2024
De nuevo, y como era de esperar, a pesar del cansancio del día anterior, no dormí del todo bien.
En el hotel me habían dado la posibilidad de dejarme una bolsa con un desayuno básico, pero como llegué tarde solo pude desayunar lo que ya traía de casa, que no era poco. Batidos de colacao, donuts, galletas etc…
Me levanté con ganas. La tarde anterior a pesar de no poder disparar había estado emocionante.
Puntualmente llegó Jose. Pensábamos ir a otro coto que tiene, pero ya me di cuenta que le habían quedado ganas de volver a ver al último rebeco y la verdad es que, a mí, también. La montaña era dura pero bonita y sabíamos que por lo menos algo había allí.
De camino paramos a coger unos bocadillos y a tomar un café.
Recogimos de nuevo a Ángel y partimos hacia la misma montaña, aunque esta vez hicimos la entrada más al Este, por donde habíamos visto la víspera al macho bueno.
La climatología había cambiado. Llovía y hacia más frío.
Estuvimos un buen rato revisando infructuosamente toda la montaña desde el punto de partida y decidimos iniciar el ascenso suavemente por la ladera y en dirección Este.
En un momento dado, en una de las paradas que íbamos haciendo, divisamos en el viso un grupo de rebecos. Veíamos alguna hembra buena y algún chivo. Dudamos de hacerles una entrada pero los veíamos muy lejos y ya nos habían localizado hasta que en un momento se movieron y desaparecieron de la vista.
Se me ocurrió medir con el telémetro la distancia, y vaya sorpresa! Compensando el ángulo de tiro, estaban a 300 metros, por lo que pudimos haber intentado el disparo desde allí mismo. Animados por ver a esta cabrada, iniciamos el ascenso a la montaña, propiamente dicha, por lo que, según decían, era un antiguo camino, aunque solo se veían los restos de un paso a pie. Enseguida vimos de nuevo en el viso a los rebecos, pero nos localizaron, y definitivamente, desaparecieron.
Seguimos ascendiendo. El terreno por aquí es más abrupto, hay más vegetación y las rocas son más altas y afiladas. Quise hacer uso de los bastones, pero en este tipo de terreno casi no hay sitio para apoyarlos entre las piedras, y al clavarlos en una mata de tojo se prenden al levantarlos y entorpecen la marcha. Quizás sería por el cansancio acumulado, pero se me hizo una subida más dura y menos bonita que el día anterior.
Coronando la cima, soplaba el viento con mucha más fuerza al exponernos directamente al norte. La lluvia de primera hora me había empapado los guantes y ahora con el viento gélido parecía que se me congelaban las manos. Los quité y Ángel me cedió amablemente unos que llevaba de repuesto. Ya había leído consejos sobre los guantes en caza de montaña, recomendando llevar unos finos y por encima otros impermeables y que abriguen más, pero pensaba que serían necesarios en montañas mucho más altas.
Llegados a la cima, como decía, me pidieron los guías que esperara allí un momento al abrigo, mientras ellos iban a observar si veían algún rebeco desde unas rocas de difícil acceso. En un primer momento no me gustó la idea. El que cazo soy yo, pensé, y no quiero quedarme en un segundo plano. Pero viendo el precipicio por donde había que pasar, el viento y frío que hacía, y después de la paliza que nos habíamos metido subiendo hasta arriba, finalmente acepté el ofrecimiento.
Tardé un buen rato en saber de ellos, pero justo cuando iba a ir a buscarlos, apareció Ángel haciéndome unas señas para que fuese.
Tuve que pasar por un paso estrecho, sin ningún apoyo al que agarrarme en caso de tropezar para evitar despeñarme. Sin mirar abajo y pensando en lo que habría allí delante, crucé finalmente sin mayor problema.
Unos metros más adelante estaba Jose apostado encima de una roca.
- Están allí abajo me dijo. Échales un vistazo!
Me asomé con cuidado. La pendiente era pronunciadísima. Se veían dos o tres gargantas llenas de pedregales y grandes rocas, pero ni rastro de los rebecos. Me dieron unas señas más concretas y por fin pude localizarlos mucho más abajo de donde yo miraba.
Intenté medir la distancia, pero el telémetro no daba el resultado. Pensé que se había estropeado justo en el momento en el que más lo necesitaba, pero no era así. Días después me enteré de que si la pendiente es superior al 70 % no puede medir ni calcular el ángulo compensado. Probablemente ese fuese el problema ya que apunté unos metros más arriba, en la misma vertical, a una gran roca y ahí sí me daba sobre 250 metros de distancia compensada. Aunque sería difícil, estaban a tiro.
Jose los estuvo observando un buen rato con su telescopio. Había un macho mediocre y otros tres que parecían hembras, pero no se veían muy bien. Estaban echados y tranquilos.
Esperamos un buen rato a ver si se levantaban, calculo que más de una hora, pero allí seguían.
Podíamos seguir esperando, irnos, o bajar hasta allí para valorarlos mejor por si había alguno tirable. Asumiendo el riesgo de que no hubiese ninguno decente y tener que volver a subir, decidimos intentarlo.
La bajada era muy pendiente y peligrosa, pero enseguida llegamos a un punto más cercano a los rebecos. Allí seguían tan tranquilos. No habían notado nuestra presencia porque el viento lo teníamos a nuestro favor y estábamos a unos 100 metros, en la vertical, por encima de ellos.
Nuevamente vimos al macho que no merecía la pena tirarle, algún chivo, pero entre ellos había una hembra buena.
A mí no me gustaba mucho la idea porque venía a buscar un macho bueno o una hembra realmente grande.
Estuvimos dudando un buen rato hasta que el guía pudo observar con su telescopio otra hembra, esta sí era realmente buena. Me la enseñó y les dije que si podía tirarle lo haría.
Ya nos habían localizado, pero supongo que la distancia en altura que había no les hacía sentirse en peligro.
Después de dudar unos cuantos minutos, decidimos los tres tirarle, pero cuando me preparo para el disparo, se fue.
Definitivamente dimos por perdida la entrada a este grupo y no nos quedó otro remedio que volver a subir a la cumbre.
Fue en este ascenso, cuando pasé realmente miedo al tener que cruzar por una roca a la que apenas me podía agarrar, con un precipicio a mis pies y con una pesada mochila y rifle a mis espaldas que fácilmente se podían enganchar en alguna parte que sobresalía de la roca y provocar que me desequilibrase.
Los guías iban delante, como nativos del lugar y hombres de montaña, cruzaron cual rebecos, pero yo, di un paso atrás, busqué otro sitio para pasar que no encontré y finalmente calculé bien los pasos y zonas donde podía agarrarme y con cuidado y poco a poco, pude cruzar.
Llegamos de nuevo a la cumbre sobre las 15 h. El instinto de cazadores disimulaba el hambre que teníamos, pero yo, que llevaba dos bocadillos y agua en la mochila, propuse parar a comer y así lo hicimos.
Buscamos una zona resguardada del viento. Jose intentó encender un fuego debajo de una roca tipo dolmen que había justo allí, para calentarse un poco. Recogimos ramas secas, pero no fue capaz de encenderlo, hacía mucho frío y acababa de llover.
Ángel nos ofreció tres latas de refrescos que traía en la mochila (Coca-cola, Fanta y otra que no recuerdo). Me hizo mucha gracia, porque yo calculo todo, para llevar poco peso, comida con mucha proteína y bebida que hidrate en botella con rosca para dosificar el suministro, y él se trajo nada más y nada menos que tres latas de bebida azucarada con gas que da sed, infla la barriga y que te las tienes que tomar de golpe.
Comimos el bocadillo, pero no descansé mucho, pues por el tipo de rocas afiladas que hay en esta zona es casi imposible encontrar un buen asiento. Conocedor de este hecho, Jose se traía con él un asiendo plegable de espuma rígida pero liviana, y que le resultó muy útil.
Reanudamos la acción de caza y decidimos cruzar a la cara norte de la montaña e intentar llegar a un punto desde donde se divisa toda esta ladera. Para ello teníamos que cruzar un paso estrecho entre dos grandes rocas. Dicho así parece sencillo, sabiendo además que el suelo era de tierra vegetal cubierta por hierba sin piedras aparentes. Pero el viento seguía soplando y lo hacía cada vez con más fuerza y menos temperatura. Se habían anunciado precipitaciones en forma de nieve sobre las 18 h. y serían ya sobre las 16 h.
Resulta que el paso citado canalizaba todo el viento que subía por la ladera en forma de embudo y soplaba con una fuerza que jamás había visto. No se calcular la velocidad a la que pasaba por allí, pero a Jose lo tiró al suelo cuando estaba bajando.
Unos metros más delante de este paso llegamos a una especie de cueva desde donde se divisa toda la ladera norte de la montaña.
El sitio estaría bien si no estuviese expuesto ese día al viento. Era muy duro estar allí quieto observando, por el frío y porque con el viento no se daba mantenido estable el telescopio para ver bien.
Aún así, enseguida conseguimos ver una cabrada que nos pareció la misma que vimos a media mañana.
Entre ella vimos como un macho corría detrás de otro rebeco, pero enseguida desaparecieron quedando únicamente un rebeco que había llegado de más arriba y parecía buscar a los anteriores.
En un primer momento conseguí ver con los prismáticos uno bueno y les dije que a mí ese ya me valía.
Siendo ya las 17 h y con la presión de que sería ya la última oportunidad que tendríamos, decidimos ir a por él.
Jose y su perro, que nos acompañó valientemente toda la jornada, se quedaron en la cueva observando con el telescopio, mientras que Ángel y yo, decidimos quitar metros (estaba a unos 500 m) y acercarnos a una distancia prudente de tiro.
Ángel iba delante como si de otro rebeco se tratase, hasta llegó a cogerme el rifle para que pudiese ir yo más rápido.
Enseguida llegamos a 350 m de distancia, pero no era suficiente y viendo que el rebeco seguía allí tranquilo en el mismo sitio y que teníamos forma de acercarnos sin ser vistos, seguimos adelante hasta que llegamos a 200 m compensados, prácticamente lo mismo que la distancia lineal.
Ángel se puso algo nervioso, quería tirarle rápido, me dijo que se iba a ir. Estábamos en una roca que sobresalía en un alto. Conseguí verlo con los prismáticos y me dispuse a buscar sitio para tirar.
Desde el lado derecho donde yo estaba no podía tirarle por lo que me cambié al izquierdo. Ángel me colocó su mochila y me insistía en que me pusiese allí. Era un buen sitio para un zurdo, pero no para mí porque ya estaba en el borde de la montaña. Aún así, puse mi mochila encima. Yo no conseguía verlo y él insistía, está allí!, está allí! Pero sin dar referencias concretas. Por fin conseguí verlo con el visor, tenía trofeo aceptable, por lo que me decido a tirar.
Aumento el zoom del visor a lo que yo pensaba que era el tope de 10 aumentos pero que después comprobé que estaba a 7. Pongo la cruz en la paletilla, y Ángel vuelve a decir: tírale que se va! Cargo el pelo del gatillo y sin pensarlo más disparo.
Al estar en una posición tan incómoda, desenaré el rifle, pero ya me dijo Ángel que saliera corriendo hacia abajo. Cuando pude verla de nuevo se paró mirando hacia nosotros a unos 300 m de distancia. Quise repetir el tiro, pero estaba cerca del viso y detrás, aunque a mucha distancia, hay una carretera nacional y no me arriesgué.
Enseguida llamó Jose para decir que el tiro había ido ligeramente por encima del animal.
Me quedé muy desilusionado.
Había estado practicando mucho a esa distancia y conseguía agrupaciones con solo 10 cm de desviación.
Analizando con calma el fallo, me acordé de lo que me había llamado la atención esos días en la montaña y que por diversos motivos no tuve en cuenta a la hora de apuntar: el viento. A pesar de que en la cubre soplaba dirección Norte-Sur, en las faldas de la montaña podría venir Oeste-Este o como creo que ocurrió en este caso, venía en la misma dirección Norte-Sur pero ascendía por la ladera de la montaña de forma que entre el margen de error debido a la mala postura y la fuerza del viento, pudo desviar la bala lo suficiente para que no impactase en la zona vital del animal.
Roque Armada, el profesor del curso de tiro de alta montaña que hice en Madrid, insiste mucho en esto. Hay que tener en cuenta el viento, pero en ese momento, debido a la presión del acompañante, al cansancio de dos días de rececho y sobre todo a la mala postura, se me pasó pensar en ello.
Estábamos en una zona intermedia de la ladera de la montaña, si le hubiese dado, podríamos bajar al animal hasta una pista que hay más abajo de fácil acceso y volver desde allí en coche y de día. Sería la coronación perfecta al rececho.
Cabizbajo seguí a Ángel de vuelta hasta encontrarnos con Jose. Me sonrojé al mirarle a la cara. Le había dicho que a 200 m podía tirar sin problema y que me atrevía hasta 300 m. Después de dos días subiendo y bajando la montaña, iban a cobrar el día de trabajo, pero no el precio del rebeco.
La caza es así. Supongo que no fui el primero en fallar ni seré el último. Por otra parte, había disfrutado mucho y me ahorraría el dinero del precinto para volver en otra ocasión.
Así que, como ya se hacía tarde, coronamos de nuevo la cumbre para deshacer el camino hecho por la mañana en dirección de regreso al coche.
Como en el día anterior, se nos volvió a hacer de noche bajando la ladera Sur al tiempo que empezaban a caer copos de nieve dispersos.
En ese momento solo me enorgullecía de una cosa; aunque ya me empezaban a doler las rodillas, me sorprendió mi capacidad física para aguantar los dos días subiendo y bajando la montaña y a los guías creo que también les llamó la atención. Me decían que les llegan cazadores de 30 años que no dan subido o que les piden que les lleven los rifles o mochilas.
He de decir que me ayudaron bastante en momentos puntuales como las bajadas o subidas pronunciadas, los dos bastones que llevé. Son muy ligeros para transportarlos, pero una vez abiertos son un buen apoyo. Después de la aventura, perdí los topes de los extremos que se clavan en el suelo, una espuma de agarre se desplazó unos 10 cm hacia abajo y una V de apoyo del rifle se perdió. En fin, cosas del esfuerzo y la alta montaña.
De regreso al hotel, Jose me propuso de nuevo tomar algo y esta vez le pedí perdón pero no aguantaba más y me llevó al hotel. Me duché y bajé a cenar algo. Nunca había estado tan cansado. Me imaginaba que así estarían los boxeadores después de un combate.
Cené rápido y me fui a dormir. Puse el despertador a las 7 h pero lo apague y seguí durmiendo. Esta noche sí conseguí dormir del tirón.
Regresé a casa, pero esta vez por el norte. Tenía tiempo y me había fijado que la carretera nacional pasaba muy cerca de donde le había tirado a la rebeca y me gustaría volver a ver la zona.
Así lo hice. Llegando a la montaña paré. Desde allí se veía perfectamente toda la ladera sur, cubierta ya por una ligera capa de nieve. Bajé del coche, cogí el telescopio e intenté ver algún rebeco. Me habían quedado ganas de volver y aún no me había ido.
No vi nada y proseguí la marcha. Un poco más adelante paré de nuevo en el arcén para ver la zona exacta donde le tiré. Tampoco vi nada con el telescopio, pero sabía que allí estaban. Algo me llamaba hacia allí de nuevo. Volveré, volveré, me decía a mí mismo.
Ya en casa, el viernes 15, fin de la temporada de caza de rebeco y después de una mañana de mucho trabajo, recibo mientras comía una llamada de Jose;
- Oye!, que me acaba de llamar Ángel, porque como era el último día de caza, ha ido a ver si veía algo y en la zona donde le tiraste vio a unos buitres, se acercó, y allí estaba la rebeca!
- Pero qué me dices!
Estos me la están jugando, pensé al mismo tiempo que hablaba con él. Me acababan de contar una historia parecida en una montería en la que pidieron unos ciervos a un cazador para decirle a un francés que eran los que se le habían escapado y poder cobrarle.
- Sí, sí, está allí ahora mismo. Te voy a enviar su número y le haces una videollamada para que lo veas.
Así, lo hice, allí estaba la rebeca algo comida por los buitres, muy cerca del punto donde le tiramos. La nieve la había conservado bastante bien.
El tiro, efectivamente, había ido ligeramente alto, probablemente por la acción del viento mencionada antes, pero aprendí la lección de que siempre, siempre, hay que ir a comprobar el sito por si se ven restos que confirmen que el proyectil ha dado en el blanco.
Ese mismo fin de semana fuimos por el trofeo que amablemente había conservado en el congelador Ángel. Cuando la llevé al taxidermista, me dijo que era un trofeo muy bonito pero que por el método del SCI se quedaba a las puertas de medalla. También hice los cálculos por el sistema CIC, con similar resultado.
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