Mayo de 2025. Me llama mi mujer extrañada, diciendo que acaba de llegar una carta del Principado de Asturias.
¡Ahí va otra multa de tráfico!, pensé, aunque acto seguido me dice que pone Consejería de Medio Rural y Política Agraria.
Aunque con cierta incredulidad, enseguida me di cuenta de que se trataba del sorteo de lotes de caza al que me había apuntado.
En efecto, me había tocado la posibilidad de escoger entre diversas cacerías, en el puesto número 12 de la lista de agraciados. Me citaban para presentarme en Oviedo o llamar por teléfono un día determinado a la hora exacta. Curiosa forma de gestionarlo. Apunté la cita en la agenda, dos alarmas en el móvil, me liberé de compromisos profesionales una hora antes y otra después de la cita, y por supuesto no dormí muy bien la noche anterior.
Acompañaba la carta una lista con la oferta disponible, para que escogiese la especie y día para cazar. Debería de tener por lo menos doce opciones por si los anteriores escogían lo mismo que yo quería.
Entre las alternativas, básicamente había hembra de gamo o venado, dando opción de distintas fechas a elegir, con gran variedad de lugares en las Reservas Naturales para hembra de venado, y exclusivamente en la Reserva Natural del Sueve para hembra de gamo, ya que es allí la única Reserva donde se permite su caza.
Evidentemente, es más satisfactorio cazar un buen macho con digna cornamenta, que una hembra, que además de carecer de ella, sólo por el hecho de serlo parece que surgen ciertas contradicciones éticas.
Sin embargo, se trata de hacer lo que se conoce como caza de gestión. Hay que controlar la población de ungulados para que un elevado número de ellos no afecte negativamente al entorno natural en el que habitan, arrasando con la flora o desplazando a otras especies de la fauna, ni afecten a cultivos próximos, generen brotes de sarna o transmitan enfermedades al ganado doméstico. Es por ello que alguien tiene que abatir a un número de animales, que los técnicos de la Consejería determinan, para conseguir el equilibrio deseado.
Un triste ejemplo reciente, es lo que ha ocurrido en el Parque Nacional de Cabañeros. Con la prohibición de la caza en todos los Parques Nacionales de España, la población de ciervos se incrementó sustancialmente, arrasando la flora del Parque. Los cazadores que pagaban cantidades importantes, dejaron de hacerlo, y hubo que instalar, a costa del erario público, jaulas donde los pobres ciervos agonizaban días, hasta que los recogían ya cadáveres. Por suerte y sentido común, se ha anunciado recientemente, que se va a permitir de nuevo, la caza en rececho.
Pero volvamos a la aventura. Después de estudiar bien las distintas zonas y fechas disponibles, me decidí por cazar una hembra de gamo. Pensé que quizás sería la única oportunidad que tendría para cazar entre gamos y me habían dicho que su carne, de sabor suave, era exquisita. Escogí el primer día disponible, en el mes de octubre, pensando que con suerte todavía habría la ronca (sonido que emiten los machos en época de celo, similar a la berrea de los ciervos), haría mejor tiempo, y porque tenía ya muchas ganas de ir.
Llegó el día indicado y a la hora exacta llamé por teléfono al número que me habían facilitado. Parecía tal cual la escena de una película de intriga, cuando alguien tiene que llamar por teléfono a una hora exacta a alguien que no conoce.
Me atendió una chica muy amable, con tan buena suerte, que la primera opción escogida estaba disponible y me fue adjudicada en el acto.
En unos días pagué las tasas. Este tipo de sorteos los organizan ciertas comunidades autónomas en las Reservas Naturales que gestionan, para fomentar el turismo y tener una fuente de financiación que revierte en la conservación de las mismas. Tienen precios reducidos, más aún para hembras, pero la mayor satisfacción es poder disfrutar de un rececho en lugares que por su propia condición son espectaculares, y que, de otra forma, no es posible cazar allí.
Ya tenía por tanto una nueva aventura que preparar y en la que pensar todo el verano.
Pasaron rápido los días, y como a finales de agosto todavía no se habían puesto en contacto conmigo, llamé a la Consejería y me facilitaron el número del guarda mayor de la Reserva, quien me dijo que hasta un mes antes no asignaban al guarda que me acompañaría y por lo tanto no sabía de qué punto saldríamos, ni a qué hora quedaríamos, si tenía que llevar el coche, etc…
Así que, justo un mes antes del día escogido llamé para contactar con el que sería el guía de la cacería. Ahora sí, ya dispuse de toda la información necesaria para reservar hotel, etc.. Partiríamos de Infiesto, capital del concejo de Piloña, e iríamos en el coche oficial que tiene el guarda.
Reservé hotel en el centro, que resultó ser barato y excelente. Una noche sería suficiente ya que me habían dicho que, aunque hay que subir a la cima de la montaña, llega hasta allí el coche y que sería relativamente fácil dar con un grupo de hembras, por lo que en unas dos horas, estaríamos de regreso y me daría tiempo para volver a casa.
Los días previos a la cacería, comprobé que el rifle tiraba bien. En esta ocasión, mejorada la técnica y con el nuevo bípode acoplable al rifle, conseguí poner la primera bala a 10 cm del centro de la diana a 350 m de distancia. Más que suficiente. Estuve probando con balas libres de plomo para otra aventura que ya tengo preparada, donde es obligatorio llevar este tipo de munición, y porque, al intentar aprovechar toda la carne posible, si no quedan restos de plomo, pues mejor.
La víspera partí hacia Asturias después de comer, cargado de ilusión, aunque no como en otras ocasiones, ya que como dije anteriormente, la caza de gestión carece de ese acicate que tiene la caza de trofeo o de otras cacerías que requieren mayor esfuerzo físico.
Llegué al hotel, con la suerte de poder aparcar muy cerca después de un día de feria y fiesta. Por cierto, de las más importantes ferias ganaderas del norte, a la que acuden ganaderos conocidos de As Pontes y comarca.
Busqué un restaurante para cenar. Me llamó la atención uno por su nombre “Llantares de Pelayo”. Aquí se debe de comer bien pensé, y no me equivoqué.
Después de una buena cena-homenaje que me regalé, me fui pronto a dormir ya que al día siguiente me recogería el guarda pronto y había que madrugar.
Dormí como se duerme siempre la víspera de una cacería y en cama extraña, pero después de un rápido desayuno en la habitación, que ya llevaba preparado, ya me sentía con fuerzas de salir a la montaña.
Recogí todo y dejé el hotel, con la intención de marchar directamente para casa una vez finalizada la jornada cinegética.
Al salir por la puerta ya vi al guarda que me estaba esperando. Metimos el rifle y la mochila en su 4×4 y fuimos a tomar un café.
Como creo que son la mayoría de los guardas, me tocó uno muy amable y servicial, con el que se podía hablar de todo.
Nos llevó una media hora subir hasta arriba. Aparcamos en un pequeño valle donde hay unas cabañas y que resulta ser muy conocido por la fiesta que se celebra allí todos los años. Viene a estar en un extremo de la sierra. La intención era ir caminando por la cumbre hacia el otro extremo hasta dar con el objetivo.
Nos preparamos y salimos.
El día era fantástico. Nada de viento, buena temperatura y pocas nubes. Aún así, no se estaba en silencio, debido al ruido de los cencerros del numeroso ganado vacuno y equino que hay en esta montaña. Había leído que la población del entorno, tenía un alto porcentaje de afectados por la enfermedad de Lyme que transmiten las garrapatas, y la asociaban al ganado de esta montaña. Por precaución, antes de salir, me rocié de líquido antigarrapatas, que resulta ser muy efectivo.
Creo que aún no habíamos caminado cien metros cuando el guarda se detiene y echa mano de sus prismáticos para otear un valle más grande al que acabamos de llegar. Yo hago lo propio y al instante me dice:
- Mira, ahí van dos machos!
No hacían falta los prismáticos, se veían a simple vista, aunque todavía no había mucha luz. Pero sus manchas blancas los delataban.
A mí me parecían buenos trofeos, pero el guarda dijo que se quedarían en representativos. En todo caso, fue un espectáculo verlos desfilar por delante de nosotros, majestuosos, con la elegancia propia que los caracteriza.
Empezamos bien la mañana, pensé. Qué suerte hemos tenido. Pero me fijé que el guarda no se emocionó demasiado por verlos. Por un momento pensé que no tenía interés, pero poco después me di cuenta, que, aunque para los que vamos de fuera resulta excepcional, para los que suben a menudo a la montaña, es algo muy común encontrárselos así.
Seguimos la marcha, montaña arriba. Siempre con alguna vaca o caballo de por medio que restaba el carácter salvaje de la cacería y que tanto me gusta.
De nuevo no tardamos mucho en ver a lo lejos un grupo de hembras. Estaban entre unas rocas, aparentemente tranquilas. Después de observarlas bien con los prismáticos, el guarda dijo que había una que podía valer. Lo que se pretende con estas cacerías, es quitar hembras adultas y sin crías.
Decidimos rodear un pequeño valle para acercarnos más y escoger bien el ejemplar a abatir.
Pero de camino, al asomarnos a un hoyo, como le llaman allí a los micro-valles que están rodeados de rocas calizas, el guarda que iba delante, se detuvo, se agachó y me hizo una seña.
Sospechando que podía estar cerca el objetivo, me quité la mochila, rápidamente pero en silencio, y preparé el rifle. En un instante se me acerca el guarda, y en voz baja, me dice que me prepare, porque hay una que vale y está allí mismo, muy cerca.
Gateando, llegué hasta el punto donde divisaba a cuatro hembras. Arrastrando la mochila, la coloqué encima de unas rocas y en ella apoyé el rifle que acababa de cargar.
- Tírale a la más grande! Me dice el guarda.
Aunque creía estar seguro de a cuál se refería, no era una indicación muy precisa, por lo que para cerciorarme de que había interpretado bien, le pregunto:
- La que está paciendo?
- Sí, a esa!
Estaría a unos 60 metros de distancia. No hacía falta utilizar el medidor. Así que apunté perfectamente a la paletilla y apreté el gatillo.
El disparo fue certero. Allí mismo se quedó.
Con el estruendo del disparo se movió una manada que había cerca, detrás de una colina, y pudimos ver como pasaban por delante de nosotros unas 20 hembras y un par de machos, uno de ellos bastante bueno. Según el guarda era el rebaño que iba buscando, porque ya sabía que estarían por allí.
Noté que el guarda se puso contento. Creo que no confiaba en mis posibilidades. Al ser funcionarios de la consejería, no pueden escoger con quién cazan. Están obligados a ir con el agraciado en el sorteo, y, a veces, hay cazadores que no vienen preparados físicamente, o que no practican el tiro, ni se preocupan de qué tipo de bala conviene más, etc… cuando no les toca algún negrero que les exige que le lleven el rifle.
Desde donde estábamos se veía el mar. Esta sierra está a unos 1000 m de altitud, pero muy cerca de la costa.
Después de hacernos las fotos de recuerdo, comenzamos con el trabajo. Teníamos que aprovechar la mayor cantidad posible de carne.
Aunque llevaba en el bolsillo una bala libre de plomo que me gustaría probar, el guarda, quizás por miedo a tener que pistear el animal, me recomendó no arriesgar. Me dijo que las gamas, aunque parecen lo contrario, son animales duros y difíciles de abatir, por lo que mejor utilizar la bala que conozco y que me ha dado buenos resultados. Por este motivo despreciamos más carne.
Muy amablemente, el guarda se puso manos a la obra. Me sorprendió cuanto pesaba. Tuvimos dificultades para moverla a un sitio propicio para el despiece. Poco a poco fuimos seleccionando la mejor carne. La íbamos poniendo en las piedras limpias del entorno para ayudar al desangrado. Finalmente, la metimos en unas cómodas bolsas de algodón, especiales para conservar la carne y cargamos las mochilas.
Como soy de los que piensan que el buen cazador debe de cargar siempre con su rifle y con lo que caza, escogí la bolsa más grande, a pesar de mis problemas de espalda y de que el guarda estaba mucho más fuerte que yo. Días después, la espalda me pasó la factura por los servicios prestados, y que a día de hoy, todavía no conseguí pagar.
Al alejarnos del lugar unos 50 metros, empezaron a llegar los buitres, entre ellos, un ejemplar de buitre negro. En menos de cinco minutos acabaron con los restos del animal. Es la ley de la naturaleza, la muerte de un animal da vida a otros.
De vuelta al coche, paramos en un sitio alto desde donde se divisaba una encañada y donde también había varias hembras de gamo y tres o cuatro machos. Pero, en esta ocasión, el objetivo no eran los gamos, sino el lobo!
Sí, si, el lobo. Como suele ocurrir últimamente en cualquier conversación sobre los problemas del campo, el lobo sale a colación. Me comentó el guarda que si quería y nos salía uno que podía tirarle. Mi respuesta inmediata fue que lo haría, pero si fuese legal, a lo que me respondió que sí. Asturias había aprobado unos días atrás, una ley para permitir su caza bajo control de la guardería y aunque estaba recurrida no estaba suspendida, así que era totalmente legal.
Esperamos un buen rato que me sirvió para descansar y entretenerme divisando a los distintos gamos que pasaban por allí, pero nada más, así que decidimos regresar al coche y dar por finalizada esta cacería.
Sabía que no iba a ser una gran aventura, pero no me imaginé que habría tantos ejemplares ni que serían tan dóciles. Por momentos me parecía que estaba en una granja por la cantidad de gamos y ganado doméstico que había (sólo en la Reserva se estima una población de gamos que ronda los 1.000 ejemplares). Esperaba que sería más difícil dar con ellos y que habría que realizar un tiro a larga distancia, lo que aportaría un poco más de emoción al resultado, pero tal como salió, aunque estuvo bien, fue puramente caza de gestión.
Unos días después, probamos la carne. Exquisita. De las mejores que he probado. Roja, pero de sabor suave, y como todas las carnes de caza, sana y nutritiva.

J.A.L.S.
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