La noticia de este pasado mes de agosto fue, sin ningún género de dudas, para todos en As Pontes y en el resto de España, la invasión de Ceuta por más de sesenta mil marroquíes. Ninguna persona cabal puede considerar el fenómeno —por llamarlo de alguna manera— algo espontáneo ni fruto de la casualidad o de la actuación de las mafias de seres humanos, si no, por el contrario, un suceso perfectamente organizado desde el Gobierno de Marruecos y consentido por el Gobierno español. Nadie lo duda. Ni tan siquiera quienes dicen lo contrario. Es de puro sentido común.
Y el asunto es de una gravedad extrema, no solo por lo que significó en sí mismo para los ceutíes y los inmigrantes fallecidos, sino también por las repercusiones judiciales que puede tener en el futuro, pues, si se demuestra que el Gobierno español era conocedor de la invasión y no tomó medida alguna para impedirla, tanto el presidente del Gobierno como los ministros de Interior y de Defensa podrían ser acusados de alta traición y pasarse una parte de su vida junto a Ábalos y Zapatero. Y estos no tendrán muy probablemente a un Pumpido que los indulte.
Del suceso me enteré en Oporto, unos días después de producirse los hechos, cuando, con un grupo de amigos de origen judío, caminaba hacia la sinagoga más grande de la península ibérica: la de Kadoorie o «Fuente de Vida». Me preguntaron entonces, con sorna, mis acompañantes si en esta ocasión iba a desplazarse hasta Ceuta alguna flotilla de drogadictos y perroflautas —como lo hicieron en dos ocasiones a Gaza— para apoyar a los ceutíes encerrados en sus casas y también si, ante semejante invasión, Pedro Sánchez enviaría de nuevo la fragata «Furor» para protegerles. Sentí vergüenza.
Ojo por ojo y diente por diente
Es evidente que los judíos no están —ni pueden estar— contentos con el comportamiento del Gobierno español —ellos hablan de los españoles— en esta última guerra que les han impuesto y que llaman ya —por lo que está suponiendo de éxito para ellos— «la del renacimiento». En los últimos meses han sufrido dos mil muertos y varios miles más de heridos, pero la guerra les ha permitido incrementar su territorio en casi un 20 % —territorio que ya están planificando— y han logrado destruir, con la ayuda de Estados Unidos y por muchos años, la economía y la capacidad militar de su principal enemigo: el medieval régimen iraní y sus grupos terroristas afines. Tienen razones para estar contentos. Pero el Gobierno de España, en un momento tan dramático para ellos, ayudó a sus enemigos, que son, al fin y al cabo, los de la civilización occidental. Y eso no nos lo perdonan. Pura lógica.
Hube, no obstante, de explicarles como pude que hoy Pedro Sánchez no representa a la mayoría de los españoles y que sería completamente injusto que las consecuencias de la actuación de este miserable gobernante y su partido las pagásemos el conjunto de los ciudadanos españoles, que nada tenemos que ver con esa banda de delincuentes que nos gobierna y que está destruyendo, aislando y desprestigiando a nuestro país en todo el mundo. Además, cualquier acción directa del Estado de Israel que implicara daño a España provocaría el lógico rechazo de una población que, salvo un sector del nacionalismo y de la izquierda, no es para nada antisemita.
Me comentaba uno de ellos —exmilitar y muy conocedor, como todos los judíos, de este tipo de temas— que el futuro, a su juicio, de Ceuta y Melilla depende hoy únicamente del visto bueno de Trump y que nunca dichas ciudades serían objetivo de un ataque terrestre por parte del ejército marroquí, sino de una ocupación civil —que podría ser armada, pero por los inmigrantes desde el interior— y que, en el caso de intervención de nuestras Fuerzas Armadas, la respuesta por parte de la aviación y los misiles marroquíes sería, muy probablemente, el bloqueo de ambas ciudades y el hundimiento del grueso de la flota naval española de transporte —incluso en sus bases peninsulares—, dada la escasa y deficiente defensa antiaérea de la que nuestro país dispone, lo que anularía por completo la capacidad de trasladar tropas de nuestra Armada y forzaría una negociación que habría de culminar —con la mediación de Estados Unidos— con la contrapartida de dejar fuera de las aspiraciones de los marroquíes a las islas Canarias. Malos augurios.
De producirse ese contexto de conflicto y con el aumento de la tensión generada, me comentaba también que muy probablemente los servicios de inteligencia de varios países —me imagino cuáles— colaborarían en la movilización independentista y de apoyo a Marruecos en el País Vasco y Cataluña, tratando de forzar nuevos acuerdos para la federalización de España. Nadie, según ellos, si eso ocurriese, ni en Europa ni en ningún lado, movería un dedo por nuestro, hoy proscrito, país.
Ojo por ojo y diente por diente.
La corrupción coronada
Leo en estos días el libro Los militares en la democracia española, del coronel retirado Antonio J. Candil, licenciado en Historia y miembro de la Academia de Ciencias Políticas de Nueva York, y su contenido tiene mucho que ver con el tema. En la página 27 de dicho texto dice lo siguiente:
«Hoy, en 2020, las Fuerzas Armadas españolas, por obra y gracia de algunos de sus generales más significados, son uno de los instrumentos más ineficaces del Estado en el cumplimiento de su misión».
Este hombre dirigió la División Acorazada Brunete y el programa de dotación de carros Leopard al Ejército español, hoy almacenados y, en su mayor parte, inoperativos. Sabe, pues, de lo que habla y no parece ser muy optimista sobre nuestra actual capacidad militar.
No obstante, Marruecos y también el independentismo son conscientes de que el ambiente dentro de España está cambiando aceleradamente y el tiempo apremia, desde el momento en el que, en poco más de un año, las cosas muy probablemente serán distintas y un Gobierno en el que participe Vox haría muy difíciles semejantes proyectos.
Es una evidencia que el país que no se defiende desaparece de la historia y, en ese sentido, el concepto que los israelíes tienen de sus FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) es algo que merece admiración. Solo los mejores de sus ciudadanos allí pertenecen a las élites militares y servir en sus Fuerzas Armadas es un orgullo para todos y el mejor aval para puestos políticos y de la Administración pública. Así está claro que siempre serán difíciles de vencer. Justo lo contrario que nosotros.
Aquí, en España, por el contrario, la pregunta hoy para muchos españoles no es ya si ese enfermo del alma que es Pedro Sánchez está actuando como lo hace obligado por lo que de él sabe Marruecos —algo que parece obvio—, sino cuál es, en estos momentos, el papel del rey Felipe en tan crucial asunto y por qué —al menos aparentemente— el monarca no ejerce liderazgo alguno en tema tan fundamental como nuestra soberanía y se somete al presidente del Gobierno.
Hay una revelación en ese mismo libro del coronel Antonio J. Candil que parece aclarar el motivo.
En el primer Gobierno del Partido Popular, en 1996, Aznar llevaba ante el rey Juan Carlos como ministro de Defensa a Arias Salgado. Ese ministerio había sido dirigido durante los Gobiernos socialistas por Narcís Serra, teniendo como segundo a Eduardo Serra Rexach, un secretario de Estado socialista, experto conocedor de la guerra sucia contra ETA a través del CESID y también de las posibles comisiones en la compra de los F-18. El texto, en la página 235 del libro, que habla del asunto, es el siguiente:
«¿Por qué Eduardo Serra como ministro de Defensa cuando consta que apenas dos días antes de anunciarse su nombramiento Aznar se decantaba por otro nombre? El expresidente Adolfo Suárez tuvo que hacer de intermediario entre el monarca y Aznar por petición amenazante de González. Según las propias palabras de González a Suárez, aquel le dijo por teléfono: “Si llega a ministro de Defensa el propuesto por Aznar, mañana estoy en la cárcel y antes de entrar en prisión me llevo por delante a la Corona. O nombran a Eduardo Serra o se acaba la monarquía. Puedes decírselo asimismo al rey”».
El primer Gobierno del PP en la democracia tuvo, pues, por exigencia del rey Juan Carlos, a un socialista como ministro de Defensa porque el monarca y, junto a él, muchos otros se enriquecían a base de comisiones, ordenaban asesinatos de etarras desde el propio Estado y porque el CESID tenía que seguir pagando a las amantes del rey con dinero público, que en ocasiones era transportado precisamente por la actual ministra de Defensa, Margarita Robles. El libro El jefe de los espías, de J. F. Miranda y Javier Chicote, que recoge las memorias del que fuera director del CESID A. Manglano, lo deja claro.
Y que todas estas cosas se encuentren en publicaciones de distintas editoriales que se venden en El Corte Inglés o en cualquier librería, sin que ningún juez haya impedido su publicación, mientras tanto PSOE como PP siguen hablando de lucha contra la corrupción, ilustra la situación de podredumbre política en la que está inmerso este país y el porqué de algunas cosas que ocurren.
Por supuesto, Pedro Sánchez —además de ser reo de sus actos— conoce perfectamente estos antecedentes y también la connivencia con los hechos del Partido Popular y, si bien el futuro político lo tiene prácticamente perdido, le preocupa su futuro penal y, al contrario que en etapas anteriores de Gobierno socialista, hoy nada le costaría, si se viese amenazado, hundir a sus predecesores —Zapatero ya está esperando la cárcel—, poniendo los datos de los que dispone encima de la mesa, cargándose a Felipe González y a la monarquía si hiciese falta.
Y esa corrupción coronada es, en el fondo, la razón que explica la situación política actual.
Algo huele mal en España
El rey Felipe quiere, pues, que su hija herede la monarquía y hace —para que no se aireen las andanzas de su padre— lo que le mandan; Pedro Sánchez tiene que tragar lo que diga Marruecos para que, a su vez, no cuenten lo que de él saben, y el reino alauita aspira a quedarse con Ceuta y Melilla antes de que políticamente en nuestro país cambien las cosas, porque tiene en estos momentos la ayuda norteamericana y es consciente de nuestra debilidad militar.
A los independentistas vascos y catalanes, por su parte, les importa un bledo la corrupción y únicamente esperan el momento de máxima debilidad en el país que permita la destrucción del Estado.
Mientras tanto, PP y PSOE, condicionados por su pasado y su complicidad con la depravación de nuestra monarquía, carecen de toda posibilidad de actuar y no aspiran ya a otra cosa que no sea su propia supervivencia como partidos.
Y ese es el panorama.
Decía George Bernard Shaw que los políticos son como los pañales y hay que cambiarlos con frecuencia por la misma razón.
Y parece evidente que la España de hoy necesita un cambio de pañales.
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