Seguramente la noticia más trascendental que marcará la memoria colectiva de As Pontes en este inicio de junio de 2026 —y probablemente también la de varias generaciones— es la defunción oficial del Parque de Carbones que se culmina en estos días. Un icono de la ingeniería y el segundo espacio cubierto más grande del mundo que agoniza ante la pasividad de la mayoría.
Como todo gran drama, esta historia nos deja personajes no precisamente memorables. Entre ellos, el alcalde Valentín González Formoso, cuya contribución pasará a los anales por una serie de gestos lamentables: permitir el cierre la central sin defenderla, fomentar el derribo de la Chimenea y ejecutar una serie de piruetas circenses y casi infantiles para disimular su implicación en la desaparición del Parque de Carbones.
Nadie en As Pontes olvidará nunca tampoco la actuación estelar de la Xunta de Galicia, que ha ignorado por completo el patrimonio industrial de Endesa en la villa y el sentir de los vecinos. Mención especial merece la penosa representación local del partido, cuya estrategia política —una mezcla de sumisión y abstencionismo contemplativo— quedo clara con su abstención en el pleno donde se debatía el futuro de la chimenea. Una actuación para enmarcar, sin duda.
Ahora bien, cuando uno pensaba que el argumento por lo dramático no podía dar más de sí, irrumpe el verdadero protagonista mediático de la temporada: el cura párroco. Un hombre polifacético y extremadamente vanidoso que por lo que vamos viendo no sólo canta como ya sabíamos por las tardes en la misa, sino que además de hacerlo también por las mañanas ha logrado lo impensable: movilizar televisiones, radios y periódicos por un asunto de máximo interés nacional… las sillas de una terraza. Sí, las sillas.
Y por si fuera poco, amenaza con traer a la Dirección de Patrimonio para investigar tan delicado asunto. Esa misma Dirección que, curiosamente, no encontró hueco en su apretada agenda para interesarse por el Parque de Carbones o las infraestructuras industriales que caen como fichas de dominó, pero que ahora, previsiblemente, enviará una expedición de expertos -acompañados de la policía autonómica y seguramente también de nuestros “hachas” de la local – para analizar el mobiliario urbano en la Plaza del Carmen. Estoy seguro.
Mientras tanto, el Ayuntamiento, complaciente con el desmantelamiento industrial, se transforma de repente en un vigilante feroz del patrimonio cuando se trata de terrazas. Cartas amenazantes, celo institucional y una energía desconocida hasta la fecha, quizás motivada por la necesidad de Valentin de demostrar —a propios y extraños, obispo incluido— quién lleva realmente la batuta en As Pontes.
Y así, poco a poco, As Pontes deja de parecerse a un pueblo para convertirse en algo mucho más contemporáneo: una especie de “Sálvame de Luxe” con diez mil espectadores, donde no faltan el drama, los giros de guion y, por supuesto, un cura que canta- por las mañanas- acompañado de sus gallinas.
Pero en el que lo realmente importante son las sillas de La Capilla.
Deja tu comentario